* COSAS DE ESPECTROS (por Tyndalos)

ué frío! Llevo horas aquí sentado, y no aparece nadie. Debería haberle mandado al cuerno cuando se me presentó. “Te lo juro, decía el muy tunante, es algo impresionante”. Y sí, yo tragué como un tonto. Tan impresionante que me estoy calando hasta los huesos. Nunca creí que fisgar a los fantasmas fuera cosa de tanto sacrificio. Y ahora mírame. Como un bobo, esperando a nadie en mitad de la noche, a punto de congelarme, a punto de pescar algún resfriado, a punto de cabrearme hasta un punto que…
--¡Tschhhhh!
--Pero ¿quién anda ahí?
-- No pienses tan alto, demonios, que los vas a asustar.
Una voz. Una estúpida voz femenina, susurrante, muy…pero que muy rara. No podía ser la voz de Bobby. El muy capullo de Bobby me había asegurado que en el cementerio de Koerrigan habría fenómenos de tipo poltergeist. Y aquí me había venido yo, a la hora convenida, cámara en mano, grabadora al ristre, vamos, en una palabra, con todo el equipo de caza-fantasmas. Pero la voz que se percibía no era la típica voz de alelado que Bobby solía emplear. Además, era evidente que el muy capullo me había dejado colgado. De manera que, quién sabe, los propios fantasmas han decidido aparecer por su cuenta, sin esperarle a él…
--¿Es que no puedes dejar de pensar estupideces?
Me harté:
--¡Sal de tu escondrijo y verás!
La verdad, yo no me lo esperaba. Pero la cosa salió. Tras de su voz, vi unos ojos saltones. Tras los ojos brillantes como estrellas caídas del cielo, una complexión menuda, con patas nudosas y cortas y cara más bien gatuna que humana. Sin duda, era lo que antiguamente hubiéramos llamado un elfo.
--¿No me harás daño, verdad?—
La verdad, yo sentía miedo, compréndanlo, pues no todos los días nos encontramos con elfos en un cementerio abandonado, del que se cuentan leyendas horrendas. Me encontraba solo ante una criatura extraña, y pese a todo, familiar. No sabía por qué, pero familiar.
-Bueno- dijo el ser- no es a mí a quien debes temer. Yo también siento el miedo. He venido aquí pues escuché en secreto la conversación entre Bobby, ese estúpido amigo tuyo, y tú mismo, no menos estúpido…
-- Vale, vale. Ya me estoy cansando de tus piropos. – intervine - Pero ¿qué rayos te importan a ti, un elfo, las historias de fantasmas?
La criatura se quedó mirándome como si en efecto hubiera dicho la mayor estulticia de la historia.
-¿Es que no lo sabes? ¿Ignoras que ellos, los del otro lado, se alimentan de nosotros?
No estaba comprendiendo nada:
--¿De vosotros? ¿La gente pequeña?
El elfo asentía con la cabeza.
Y entonces fue cuando comenzaron a percibirse los cambios. Hubo una agitación en las ramas de los árboles cercanos. También la hierba, débilmente iluminada por mi linterna y por los ojos del elfo, se inclinaba excesivamente en una única dirección, exactamente como si un manto o una especie de mano gigante pasara sobre las briznas, acariciándolas suavemente. Pero en la negrura de la noche, una plétora de sombras aún más negras se cernieron sobre nosotros. Eran sombras carentes de forma, cambiantes, tan mudas que su propio silencio sonaba como un aullido estremecedor. Vi como el elfo temblaba de pies a cabeza, y que en la cuenca de los ojos latía una angustia infernal. La terrible angustia por ser devorado.
El instinto de supervivencia me alertó. Le dije “¡Corre!”, y ambos nos lanzamos como locos hacia las derruidas tapias exteriores del viejo cementerio.
Mas allí habían montado guardia.
Varias filas de espectros nos cortaban la salida, y de entre ellos sobresalía uno de sus capitanes. Era todo él una especie de oquedad, un no-ser lleno de ira hacia la vida, hacia el mundo. Donde debieran existir unos ojos, no se podía percibir otra cosa que un odio subhumano, informe.
Dio algún tipo de orden a los espectros. Nos rodearon.
Ya no pudimos ver nada más. Por el momento.

**** **** ****

Al cabo de un tiempo indefinido, el pequeño elfo me despertó.

--Ya no estamos en Koerrigan- dijo. Yo no recordaba nada de nada.
Al abrir los ojos, una especie de bóveda infinita, negra y cubierta de una masa aceitosa, chorreante, era cuanto veía sobre nosotros. Los espectros nos habían inmovilizado de alguna manera sutil, pues no se veían cadenas ni grilletes, y sin embargo mi cuerpo los podía sentir. Al fondo de aquella enorme y negra cripta, unos espectros no menos negros y siniestros parecían disfrutar de un festín.
El elfo me miró angustiado:
--Creo saber lo que comen.

Aquellos tipos, en su fase viviente, no debieron destacar nunca por su urbanidad. Regurgitaban, y hacían toda clase de ruidos asquerosos en sus manducaciones. Por mi parte, una duda muy razonable me asaltó al instante.
-¿Crees que los humanos les gustamos?—Necesitaba a toda costa una respuesta negativa para calmarme. Aunque, de todas formas no nos hallábamos en una situación demasiado cómoda ni proclive a la calma. El elfo respondió:
--Claro que no. Ellos fueron humanos ¿recuerdas? Sería como caer en una especie de canibalismo, aunque algunos puede que lo practiquen… A fin de cuentas, al no estar ya vivos, carecen de compromiso para con lo vivo ¿entiendes? En fin, ponte en lo peor.
No me quedé mejor de lo que estaba, esa era la verdad.
En esta tesitura fue cuando algo, en fin, alguien se acercó. Era una figura voluminosa, aunque algo borrosa, con esa indefinición y oquedad característica de todos los espectros.
Pero no era uno cualquiera. Era el fantasma del mismísimo…
--¡Bobby!
Elfo y humano gritamos al unísono. Lo que menos esperábamos era el verle allí, transformado en espectro, quizás en carcelero y torturador nuestro. Eso sería definitivamente funesto. Si Bobby era un poco pesado en vida, imagínenselo de muerto.
--Sorprendidos, ¿verdad? Venid, que os mostraré las Estancias Espectrales.
Y recorrimos largos pasillos, siempre bajo la atenta mirada de los fantasmas, arrastrando pesadas cadenas invisibles. Vimos miles de seres vivos esclavizados por el ejército espectral. Niños desaparecidos, hombres o mujeres que jamás vuelven a casa, incluso gatos de angora y periquitos. Los espectros odiaban la vida y, sin embargo, la robaban para saciarse con ella. Su esencia era destructiva y supurante. Todo un mundo escondido lo guardaban para ellos. Seres sanos y antaño felices, ahora se habían convertido en esclavos de la Muerte. Y lo más horrendo: algunos acabarían en las fauces de las criaturas vacías. Sí, vacías eran, como una noche a la que se le ha negado para siempre la oportunidad del día. Como en el Infierno del Dante: dejemos fuera toda esperanza.
--Pero Bobby- dije, al fin- creo que ya hemos visto bastante. Ahora deja de llevarnos de paseo y haz el favor de explicarte. ¿Por qué diablos me dejaste colgado en el asqueroso cementerio? ¿Y quién te ha hecho esto…? Quiero decir, ¿quién diablos te ha convertido en espectro?
Las cuencas vacías de Bobby me escrutaron desde su lejanía infinita. Desde luego, se mirase por donde se mirase, aquel ya no era el viejo Bobby de siempre.
--Mirad-dijo sin inmutarse. Y bajo nuestros pies se abrió el suelo. En vez de negrura, se divisó un mar de cuerpos que gemían. Los brazos casi querían alzarse hacia nosotros pidiendo un socorro imposible de dar, anhelando una huida imposible de ser ejecutada. Si había una imagen acertada del Infierno, esa era.
--Os he traído aquí, como otros de los Negros Caballeros me trajeron a mí. De manera fortuita, mi coche se salió de la curva al venir al punto de nuestra cita. Fue en la curva de High-Koerrigan, muy poco antes de llegar al cementerio. Poco antes de fallecer, vinieron los Caballeros de la Oscuridad a mostrarme esta nueva existencia, bueno, mejor decir no-existencia. Ya ves, amigo, los espectros existen. Lo que queríamos averiguar, ya lo hemos averiguado.
Y se puso a reír de manera un tanto estúpida. Luego, al fijarse en mi compañero de desdichas añadió:
-Y no solo los espectros. También los elfos.
Y los tres nos pusimos a soltar carcajadas. ¡Qué bien lo hubiéramos pasado juntos en la taberna de Perry en torno a unas pintas de cerveza negra! Pero, desde luego aquellas risotadas se estaban dejando sentir en un lugar muy inapropiado. Ante los muertos es preciso mostrarse más serio y recatado.
Ya iremos acostumbrándonos al no-ser. Tenemos toda la eternidad…


Tyndalos

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