* CORRER (por Tyndalos)

olía hacerlo una hora o dos cada día. Correr era mi único deporte desde que, cumplidos los dieciocho años, abandoné aquel horrible colegio mariano, y con él sus atroces clases castrenses de gimnasia. Estaba en buena forma y muy acostumbrado a enfilar por los interminables caminos de tierra que rodean el campo de mi ciudad de acogida. Pequeña y mesetaria, ella nunca había sido un plato de mi gusto, pero con los años había ido tomando aprecio a ciertos aspectos suyos. Por ejemplo, a esta rápida salida al campo que poseen las minúsculas capitales de provincia castellanas. A dos minutos de mi portal estaba en medio de un sembrado o en presencia de ingentes rebaños de ovejas que ya casi huelen a rico queso manchego cuando las flanqueas de cerca. Los caminos, muy llanos, están todavía sin asfaltar en su mayor parte. Por ellos apena pasa un labriego cada día en un bicicletón prediluviano o en un destartalado “Dos Caballos”. Y nadie más.

Me mudé a esta ciudad al haber aprobado unas oposiciones que me reservaron un cómodo puesto en la Diputación. Era feliz. La burocracia me dejaba tiempo sobrante a mis aficiones: la poesía, el cine y, como ya sabéis, correr. Venido del suave norte, tan templado, el calor veraniego de mi nuevo destino era fatal para la salud y los nervios. Pero, como a todo se aprende, aprendí también a sudar sin volverme loco. Y poco a poco perdí mis cautelas con respecto a correr bajo calores sofocantes. Lo hice así, lo mismo que bajo los invernales hielos siberianos, que en estas llanuras secas no son bocado apetecible para ningún deportista. La calma de la sesteante ciudad, siempre castigada por el sol, se apoderaba de mí en los entrenamientos y en ese trance hipnótico de sudor y calor osé alejarme mucho más de cuanto solía hacer.

Perdida la cuenta del tiempo, el camino de tierra y polvo hacía una pequeña recuesta y pasaba por entre pequeños acebuches y los familiares cardos espinosos, semejantes al oro, pero cargados de armas hasta la cabeza. Tales horribles cardos superaban en dos y tres veces mi altura. Mis suelas pisaban piedras por doquier. Allí debieron permanecer eones enteros sin que nadie las mirara. En estas tierras sin lindes visibles, y peor aún, sin cultivos que delataran presencia humana, me sentía como un astronauta que se disponía a violar la soledad de un planeta o romper el silencio de la luna. Pero seguí corriendo por el camino, al compás de mi respiración y del ruido de mis suelas, muy fieras, contra las piedras y la tierra, una tierra híbrida de ceniza y arena.

A lo lejos de aquel pedregal, de aquel solitario paraje, muy lejos ya de las tierras del trigo y de la avena, tan áureas que dañaban la vista, en efecto muy lejos, pude ver una figura negra entre matorrales y sempiternos cardos. Avanzados unos metros supe que era la figura de un perro, y eso me sobresaltó. Sabía de malas experiencias de corredores como yo, asaltados en pleno campo por animales descuidados de sus dueños, e incluso historias de excursionistas atacados por perros semisalvajes y ajenos a la presencia humana. Sigo. Más cerca. Pero aquel enorme perro negro me miraba sin inmutarse. Yo no las tenía todas conmigo. Opté por ignorarle. Al pasar a su lado no pude creer lo que estaba viendo. Ese demonio canino no giraba la cabeza para verme pasar. Ni siquiera parpadeaba. No sacaba la lengua ni movía un solo músculo de su posición. Yo sí que me giré y allá atrás dejé a la supuesta fiera, paralizada como una estatua. Mi inicial vuelco de corazón al toparme con el animal en paraje tan desolado se transformó en una cavilación incesante. No me atrevía a dar la vuelta, a pasar de nuevo a su lado. Pensé que podría avanzar un poco más, y entonces, a la vuelta, comprobar felizmente que el perro negro ya no estaría allí.

Pero avanzados unos metros, los suficientes para no divisar la estatua viviente, y bajo un sol implacable, me sentía muy agotado. Los ríos de sudor recibieron su ser desde miles de afluentes de todo mi cuerpo. Los ojos me picaban intensamente, y el rojo vivo de mi piel quemada me daba todas sus señales de alarma. Y cuando la respiración me dejó percibir por los oídos, el sonido vino a mí.

Una voz. Una voz gutural y, yo diría, subterránea. Una voz colectiva que parecía no proceder de ningún sitio, salvo de la propia tierra profunda y del interior mismo de las rocas. No era un canto. Tampoco lo llamaría “lamento”. Simplemente era una voz, una presencia. Supe al instante que la dirección de mi carrera había supuesto una verdadera intromisión en un terreno que no era mío. Di la vuelta de inmediato, pese a lo flacas que yo sentía mis fuerzas. Corrí y corrí. La nuca se convirtió en el tercer ojo de mi mente. Sabía que ahora algo me perseguía. Era consciente de esto: el viento y el suelo que dejaba a mis espaldas se habían lanzado en una carrera enloquecida detrás mía.

Los cardos enormes parecían abrazarme voluntariamente y herían con saña mi cuerpo. Apenas sin protección, pues llevaba la camiseta atada a la cintura, la sangre se mezclaba con el salado sudor. Por un instante grité horrorizado, pues estaba seguro de que los cardos de dos y tres metros se habían desplazado hacia mí. Al llegar al recodo del camino, por fortuna, el perro negro ya no estaba allí, tan sólo el viento y la horrible posibilidad de volver a percibir ese ronco salmodio procedente del interior de la tierra.

El corazón me salía por la boca, y las sienes se agitaban como serpientes. A lo lejos ya divisaba la silueta de la torre de la catedral. Los signos de la presencia humana ya eran evidentes. Televisores abandonados. Colchones y escombreras ilegales. Bolsas rotas. Alambradas de espinos. Campos de trigo ya segado poblados por mansas ovejas.

Dicen que un pastor me vio tumbado en el suelo y que desde su teléfono móvil dio aviso a la Benemérita. Cuando los guardias me hicieron preguntas lo único que podía decirles era: tengo que llegar, tengo que llegar. Había perdido el juicio momentáneamente.

Ahora sólo salgo a correr por el parque municipal. He aprendido el motivo de por qué en esta ciudad nadie sale al campo, ni se aleja en demasía, siempre que no le es estrictamente necesario.

Tyndalos

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