* CARNE ETERNA (por Tyndalos)

engo del jardín y allí me encontré con ellos. Otra vez. Asomaban por entre las ramas y los arbustos. Ojos grandes, burlones, ojos de color fuego. Sus bocas se abrían con una risa pavorosa. Eran seis, quizá ocho. Una veloz carrera y cerré la puerta tras de mí; pude poner el pestillo, aliviado ya dentro de casa. Ahora había que asegurar las ventanas.

El piso de arriba… sentía pasos furtivos. Habían entrado. Sin duda ya se adueñaban de la planta superior y reían con descaro. Era preciso tomar un arma, no sé, algo arrojadizo. Pensé en los cuchillos de la cocina. Afilados, largos. Pero en la cocina había uno de aquellos seres. Unos ojos saltones y un jadeo hondo, seco, me hizo desistir del plan de los cuchillos.

Mientras tanto la puerta principal retumbaba por los golpes. Dentro y fuera. Había muchos de ellos dentro y fuera. El pestillo metálico cedía. Pude ver cómo los tornillos salían de sus orificios ante los impulsos de una fuerza que parecía sobrehumana.

En cuanto el ser de la cocina se hizo visible del todo, comencé a comprender. Y además bajaban por la escalera unos cuantos más, un grupo de cuatro o cinco.

Eran carnosos, fláccidos. Repugnaba contemplar aquellas masas de panículo y esa especie rara de membranas llenas de granos y pilosidades. Pero lo más reseñable de sus cuerpos desnudos era su capacidad locomotriz: se arrastraban de modo parecido a los caracoles y babosas. Unos pedúnculos internos sobresalían de vez en cuando de entre la pellejosa membrana de su vientre, y así podían avanzar sobre el suelo.

Debí dejarles dormir por siempre su eterno sueño. El volumen de van Höffen lo advertía:

 

De mil veces que se invoquen

Los guardianes del Umbral despiertan tan solo en una,

Y su carne mil veces maldita de Dios

Profanará la Obra e inspirará el Pecado”

 

Allí los tenía conmigo. Unas abominables criaturas muertas, pero existentes. Aquella noche en que leí las palabras mágicas no sabía nada de ellas. Había imaginado ángeles o espíritus bellos que custodiaban las inmensas mansiones que Dios reservaba a los que partían de este mundo. Nada sabía entonces de lo que sucede en el Más Allá. En esto nos convertíamos: en residuos orgánicos pero dotados de cierta animación. Cuando ellos ya venían hacia mí, y anhelaban fundirse conmigo en un sucio abrazo, yo corrí hacia un espejo.

Lo intuía. Lo sabía. Me habían muerto. ¿En qué momento? No era muy consciente, pero al verme, comprendí. Era como ellos. Exactamente como ellos.

Me uní al grupo, y ahora me arrastro ya como un invasor más por los suelos de mi propia casa.

 

Tyndalos

COMENTARIOS

Comentarios: 2
  • #2

    Tyndalos (miércoles, 20 mayo 2009 22:59)

    Millones de gracias. La degradación es parte de la vida,
    y los espectros de carne, los engendros materiales,
    anhelan vida en el fondo...Gracias por leerme
    Gran Duque.

  • #1

    El Duque Albino (miércoles, 20 mayo 2009 18:52)

    Otra más de tus criaturas grotescas... Es curioso como la mayor parte de tus relatos muestran la obsesión por el proceso degenerativo y la transformación: el cambio. Enhorabuena, Tyndalos. Buen relato.