* ALMA DE PAYASO (por El Duque Albino)

n repentino arrebato de tos ocasiona que mis ojos se aparten un instante de la carretera y que el coche dé un ligero bandazo, apenas perceptible, pero suficiente como para que me cague de miedo.

Estoy convencida de que mi corazón va a detenerse de un momento a otro; nada puede latir tan deprisa sin colapsarse.

No recuerdo la última vez que lloré así, y además, estuve tan asustada. Quizá cuando rompí con mi primer novio. Madre mía, hace una eternidad de aquello. Cómo puede haber pasado tanto tiempo.

Ten cuidado. Mira la carretera. No es momento de ponerse nostálgica.

Ahora, celulítica perdida, un poco amargada y a un paso de que se me pase el arroz para tener el bebé que dije que tendría antes de los treinta; y sobre todo, pasada media hora desde que discutiera con Fran, mi novio - ese enorme gilipollas, incapaz de darse cuenta de las cosas a tiempo - transito por una carretera de montaña, anegada de agua y mal iluminada, mientras oigo el enloquecedor traqueteo que provocan las gotas de lluvia, al chocar contra la superficie del techo de un coche que compramos juntos - sí, ese enorme gilipollas, incapaz de darse cuenta de las cosas a tiempo - y yo, sufrida novia de ese enorme gilipollas, incapaz de darse cuenta de las cosas a tiempo.

Mira la carretera...

Qué tonta, debí esperar. Pero, así soy. Tiendo a ser demasiado impulsiva. En todo. Si me detuviera a pensar las cosas dos veces, quizá no hubiese cometido tantos errores a lo largo de mi mísera vida. Hasta puede que aún estuviera dentro de aquella maldita casa, donde seguro que todavía debían de estar celebrando la estúpida fiesta de Nochevieja; en lugar de dentro de un coche que apenas he conducido una docena de veces, en medio de no sé dónde, soportando una de las peores tormentas que jamás haya visto.

Los limpiaparabrisas van y vienen, pero la visibilidad no mejora un ápice.

Es tarde para rectificar, me digo resignada.

De cara a la galería, mi manera de salir de escena durante la discusión con Fran, había sido digna de una estatuilla de la academia.

Fíjate en la carretera. Te estás dejando llevar por los nervios. Estás alterada. La carretera, eso es lo único importante. Lo demás, puede esperar.

Cómo pude ser tan idiota.

Te estás distrayendo con tonterías. Concéntrate…

A efectos prácticos, metí la pezuña hasta el fondo. Y no sólo porque, después de las burradas que dije, difícilmente podré retractarme de lo dicho; si no porque, tras semejante espectáculo, enseguida supe que no podría esperar a que escampara, o al día siguiente, para marcharme de esa asquerosa fiesta. No. La dignidad me indujo a tomar el abrigo y salir de aquella infecta casa, mordiéndome los labios para no romper a llorar y desplomarme, allí mismo, delante de todos, como una niñita mal criada, que sólo quiere llamar la atención de los adultos que le rodean.

Déjalo para más tarde. Lo único que importa ahora es llegar sana y salva a casa, para poder llorar y comer como una cerda. Ya habrá tiempo de sentir lástima, cuando estés resguardada en casa.

No debe de ser bueno conducir así. Mis manos no dejan de temblar sobre el volante.

Para el coche en la cuneta y llama a Fran. O al menos, inténtalo. Probablemente vendrá a buscarte con el coche de algún amigo, a pesar de las cosas terribles que le gritaste.

Me encantaría hacerlo. Y de no ser por el orgullo, lo haría. Vamos, qué si lo haría. Ahora mismo. Daría media vuelta y regresaría a la maldita casa. Pero no puedo.

En la vida me hubiera imaginado un final más desagradable para una relación. Con Fran no. Imposible. Salíamos desde hacía siete años, y convivíamos, desde hacía más de tres. Y todo había sido maravilloso.

Allá tú, es tu vida. Si quieres salirte de la carretera y matarte, tú misma.

Fran me había obligado a ir a la estúpida fiesta de Nochevieja que organizaban sus amigos. Sabía de sobra lo doloroso que era para mí ver como la gente se pone hasta el culo de alcohol y dicen chorradas que sólo resultan divertidas si estás tan ebrio como quien las dice.

Supongo que la rara soy yo. Todo el mundo bebe. Aunque imagino que, si cualquiera de aquellos idiotas, hubiera visto como su padre, lleno de tubos y postrado en una cama de hospital, días antes de morir, seguía aferrándose, con uñas y dientes, a la idea de que no era un alcohólico, quizá se les atragantará un poco las ganas de reír.

Por eso mismo, me extrañó que Fran adoptara una postura tan intransigente con respecto a la fiesta. Fue la primera vez que no atendió a razones. Hasta ese momento, siempre había sido bastante más razonable que yo.

Yo voy a ir, dijo. Tú haz lo que quieras.

Después de soportar varios encontronazos con un par de salidos que no conocía de nada y que iban bastante pasados de vueltas, me enteré, por boca de terceros, de porqué Fran llevaba más de media hora desaparecido. Sus amigos le habían dejado, a él y a una antigua novia que tuvo —a quien llevaba años sin ver—, encerrados en una de las habitaciones del piso superior, para que se pusieranal día.

Morirse no es cosa de broma. Mira la carretera, por favor.

Cuando bajaron los dos, le exigí una explicación. Fran me dijo que no había hecho nada y que no tenía por qué justificarse.

No pude más. Delante de todos, le pedí las llaves del coche, profiriendo toda clase de insultos; dirigidos, tanto a él, como a su ex novia. Me pasé. La puse de guarra para arriba. Fran miraba, estupefacto. Entonces, sin decir nada, me arrojó las llaves. Yo braceé, para cogerlas al vuelo, pero no fui capaz de atraparlas. Las llaves cayeron al suelo, tras golpear el dorso de mi mano derecha. Con la mayor dignidad que pude - que no fue mucha, dado mi estado de nervios -, me incliné, las recogí y me marché, sintiéndome observada por todos, e incapaz de dejar de sollozar.

Nunca me había sentido tan humillada.

Te lo advertí. Dije que mirarás la carretera...

Al salir de una curva, doy un volantazo y pierdo el control, instantes antes de ver cómo el morro del coche colisiona contra algo que soy incapaz de identificar, porque desaparece de mi campo de visión en cuestión de décimas de segundo.

No tengo tiempo siquiera de chillar.

Un estruendo metálico, precedido del lamento de la goma de las llantas contra el asfalto, y la gravedad tira de mí hacia delante.

El airbag salta y me golpeo contra su superficie hinchada. Siento un latigazo seco y luego un dolor frío, como si me ardiera el hombro, cuando el cinturón de seguridad se bloquea. Y luego, nada. Sólo silencio. Un silencio helado, frío, antinatural, que se prolonga en el tiempo, hasta que me oigo respirar de nuevo.

 

No sé cuánto tiempo ha pasado, o si he perdido la consciencia. Mi respiración suena pausada; pero mientras aparto la cabeza del airbag y me incorporo —impresionada y aturdida aún— noto como se torna precipitada; como si me faltara el aire, o como si algo se hubiera roto o desgarrado dentro de mí.

Sin darme cuenta de lo que hago, abro la portezuela que queda a mi izquierda y salgo trastabillada del coche.

Intentó andar, alejarme lo máximo posible, como si la distancia con el desastre pudiera calmar mis nervios.

En seguida compruebo que, en apariencia, no me he roto nada. Aunque la cabeza me duele muchísimo, y todo da vueltas.

No llego lejos. Un paso precario, basta para que mi cuerpo se desequilibre y mis huesos se estrellen contra el suelo.

Trato de levantarme del asfalto. Mientras lo hago, siento como una sustancia húmeda resbalaba por mi sien izquierda. Quiero creer que se trata de las gotas de lluvia. Aunque, por el tacto viscoso, bien podría ser sangre brotando de una herida. Debo quitarme esa idea de la cabeza. Me horroriza la sangre.

Si empiezo a ver sangre, no sé si voy a poder centrarme. Además, una brecha en la cabeza puede ser síntoma de que un golpe ha sido más grave de lo que se piensa en un principio.

Así que olvido la sangre y busco el coche con la mirada.

El coche está destrozado, literalmente empotrado contra un grueso árbol, plantado a escasos metros de la orilla exterior del final de la curva. El capó, doblado hacia dentro, como si tratara de abrazar todo el diámetro del tronco del árbol, apenas dañado tras el impacto. Las luces de los faros, aún encendidas, proyectan el humo que asciende sin pausa, desde el capó hundido, hasta la cima del cielo nocturno.

Soy incapaz de dejar de temblar y dar bandazos al caminar.

En cuestión de segundos, bajo la lluvia torrencial, mi ropa se ha calado. Asustada y muerta de frío, regreso al coche y, sin dejar de llorar, trato de encontrar mi bolso, apoyando la rodilla izquierda encima del asiento del conductor.

Ni loca, pienso entrar otra vez en el coche.

Encuentro el bolso, caído a los pies del asiento del copiloto. Abro la cremallera y rebuscó en su interior. Entonces, sacó mi teléfono móvil, mientras me cuelgo del hombro el asa del bolso, alejo mis pasos de nuevo del coche y miro la pantalla del celular.

Alcanzo la cuneta, convertida ya en barrizal, sin romperme la crisma. Como imaginaba, el móvil no tiene cobertura.

Aún sabiendo que no puedo establecer conexión, intentó llamar cuatro o cinco veces más, antes de darme por vencida y desistir.

Desesperada, decido volver al coche. Me estoy calando y no soporto el frío.

La llave sigue puesta en el contacto. Me siento en el asiento del conductor, sin meter los pies, procurando mantener la portezuela entreabierta, y trato de arrancar el motor. Giro la llave durante mucho más tiempo del que es necesario. No va a arrancar, lo sé. Estoy convencida de ello.

Intentó pensar. Qué puedo hacer ahora. Qué opciones tengo. La lluvia, como consecuencia de la ventisca, se está colando en el interior del coche y me está mojando. Más que me pese, meto las piernas y cierro la portezuela.

Estar dentro del coche con el que me acabo de estrellar, me pone la carne de gallina. Pero no sé qué otra cosa puedo hacer.

Dudo que sea una buena idea permanecer mucho tiempo aquí. No puedo encender las luces de posición ni de emergencia y estoy parada en una curva sin visibilidad.

El chaleco, maldita sea. Lo olvidé. Busco por los asientos, y lo encuentro, tirado en los asientos traseros. No sé cómo habrá llegado ahí. Me lo pongo.

Por un momento, se me pasa por la cabeza la idea de regresar a pie. Desandar lo andando. Enseguida lo descarto. Sería una locura. Además, si me pierdo lejos del coche, entonces, será imposible localizarme. Lo único que puedo hacer es quedarme cerca y esperar a que alguien pase o que se haga de día.

El reloj del móvil me indica que son más de las doce de la madrugada aún, con lo que, siendo invierno, me quedan un montón de horas hasta que amanezca. Me puedo morir de frío, si espero aquí. Pero qué otra cosa puedo hacer.

Pensando en las horas que me quedan por delante, trato de acomodarme en el asiento del conductor, cuyo espacio se ha visto considerablemente reducido después del accidente, mientras intento no pensar en lo que ocurrirá si algún coche no me viera y se me llevara por delante. Sé que es una probabilidad remota. No me he cruzado con un solo vehículo, desde mi melodramática espantada. Pero eso, no me hace sentir más tranquila.

Cierro los ojos, inclino un poco la cabeza y comienzo a masajear a la vez las sienes de mi frente, valiéndome de las yemas del pulgar y el índice de la mano derecha. El dolor de cabeza no remite.

Dios, empiezo a estar realmente asustada.

Abro los ojos, y alzo la cabeza.

¿Contra qué choqué antes de hacerlo contra el tronco del árbol?

Miro a través del parabrisas.

Una espesa cortina de lluvia me impide ver más allá de dos o tres metros, pero el resplandor de los faros posibilita que pueda vislumbrar algo tirado en la cuneta embarrada. No puedo distinguir lo que es, desde el interior del coche. Decido salir otra vez. Necesito ver contra qué he chocado. Podría ser una persona.

Tras abandonar el coche, sólo necesito avanzar un par de metros bajo la lluvia para darme cuenta de lo que es. No puede ser verdad. Entonces, sonrió, incrédula, al borde de la lágrima. Es demasiado absurdo.

Hay un carro de la compra volcado. De esos grandes, de metal, de los que tienen cuatro ruedas. Uno de aquellos armatostes enrejados con ruedas en los que mi padre solía subirme de niña, siempre que mi madre no miraba, claro, cuando los tres íbamos a hacer la compra del mes al supermercado.

Dentro del carro, hay una especie de muñeco enorme, tumbado de costado en una postura bastante antinatural. Parece un payaso. Sí, debe de ser un payaso.

Menos mal que no es una persona.

Oigo un gemido. Enseguida comprendo que estoy equivocada. Lo que yace encima de la cuneta, no es un muñeco, ni mucho menos, sino un hombre disfrazado de payaso.

Fruto de la compresión, echo a correr, de manera muy poco ortodoxa, y me arrodillo junto al cuerpo caído. El payaso tiene los ojos cerrados y no sé si respira. Instintivamente, pongo mi bolso en el regazo, para que no se manche de barro - como ya lo están mis rodillas y medias desgarradas - y trato de encontrar la tarjeta del abono transporte. Tardo una eternidad en encontrarla, pero al final lo hago. Estaba metida en un bolsillo en el que creía haber mirado ya. Pongo la tarjeta plastificada cerca de sus labios. La superficie queda impregnada de vaho. Respira. Vale, y ahora qué.

No me atrevo a tocarlo, pero acercó mi cara, con precaución. Le observó detenidamente, durante unos segundos. Siento curiosidad y miedo. Tiene la cara ensangrentada, pero no veo ninguna herida. Entonces, me doy cuenta de que bajo su cabeza hay esparcidos algo viscoso. Parecen pedacitos de una especie de masa descompuesta; una sustancia pastosa, aplastada contra el suelo, que se asemeja a la carne. Que no sea su cerebro, Dios, que sea cualquier otra cosa.

Miro a un lado y a otro, rezando para que se me ocurra qué hacer. Nunca me he visto implicada en un accidente de tráfico, y no sé cómo tengo que comportarme. Todo lo que sé, es por los vagos recuerdos que guardo de la autoescuela y de un curso de monitor de ocio y tiempo libre que hice hace una eternidad.

Supongo que debería proteger la zona, avisar a los servicios de emergencia y no tocar el cuerpo, porque el herido no está en peligro de ser atropellado o provocar un accidente mayor. Pero claro, no hay manera de avisar a una ambulancia. Y este hombre vestido de payaso se me va a morir. Tengo que hacer algo. Lo que sea. Pero qué puedo hacer yo. Cómo puedo ayudarle.

Al volver los ojos, veo que el payaso me está mirando. Casi me muero del susto.

Dios, tranquilízate. Has salido indemne de un accidente de tráfico y te vas a morir de un sobresalto.

El payaso intenta hablar, decir algo, pero sólo es capaz de toser y expulsar sangre. Quiero preguntarle, pero el miedo me atenaza de tal forma, que me veo incapaz de hacerlo. Las palabras no salen de mi boca. El payaso vuelve a intentar comunicarse conmigo, y esta vez, logra susurrar algo. Creo entender lo que dice...

Vete.

La sangre mana de su boca convulsa y sus ojos miran más allá de mi hombro izquierdo, hacia algo que debería encontrarse situado justo detrás de mí.

¿Vete?

Temo volverme, pero creo oír algo, amortiguado por la distancia. Sí, el traqueteo de unas ruedas metálicas, girando sobre la gravilla suelta de la carretera.

¿Ha dicho vete?

Parece que no me queda más remedio que mirar. Me decido. Espero que sea ayuda.

Miró por encima del hombro. Ahora estoy segura… alguien se acerca. Aunque no logro distinguirlo, desde esta distancia. Sólo soy capaz de ver una enorme silueta negra, de contornos trémulos, que empuja un carrito de la compra, idéntico al que se encuentra tirado parcialmente encima del cuerpo del payaso. Hago ademán de acercarme a quien quizá pueda ofrecerme auxilio, pero el pánico que su presencia despierta en el payaso - y lo dicho por este: vete - me induce a ser prudente.

Abandono el cuerpo caído del payaso, y me dirijo al coche, fingiendo que no he visto al extraño.

Tranquila, no corras. Que no se note que estás asustada.

Miro de reojo. La figura oscura sigue acercándose, sin acelerar ni aminorar su marcha. O no me ha visto, o mi presencia le importa una mierda.

Entro en el coche. Echo el seguro de todas las puertas.

A medida que se aproxima, el fondo borroso de la figura - alta, delgada, y ligeramente encorvada - va cobrando mayor nitidez. Intuyo que se trata de un hombre, dado su tamaño. Va vestido por completo de negro. Envuelto en un abrigo largo o una especie de capa. Intento reconocer sus facciones, pero una gruesa bufanda y un gorro de lana - calado hasta las cejas - me impiden ver su cara con claridad. Sólo puedo ver sus ojos, prácticamente cerrados, de un color grisáceo, como si estuviera ciego.

Debe de tratarse de un vagabundo. A su paso va dejando un reguero de agua. El carrito de la compra está vacío. Cosa rara pues, normalmente, los pocos vagabundos que se ven por las calles de la ciudad, empujando uno, suelen llevarlo cargado hasta los topes de bolsas.

Miro la pantalla del móvil, esperando que se produzca cualquier clase de milagro. Aparece una sola raya de cobertura, de tres que debía haber. Mierda.

Me asomo de nuevo, con cuidado, acercando mi cara a la ventanilla. Dónde está. Sólo veo el carrito, detenido a cinco o seis metros del coche. Ni rastro del vagabundo. ¿Dónde se ha metido?

No debo perder los nervios. Necesito estar espabilada y tranquila. Mientras me muevo sobre el asiento delantero, observo el exterior a través de todas y cada una de las ventanas del coche.

Los cristales empañados y la falta de luz no ayudan. No puede haber desparecido por arte de magia. Tiene que estar en alguna parte.

Un estallido brutal me hace dar un respingo sobre el asiento y mi coronilla choca contra el vidrio de la ventana de la portezuela del conductor. Por el rabillo del ojo, puedo ver cómo el vidrio de la ventana del copiloto se agrieta y se hunde. Antes de que pueda hacer más que temblar, un segundo, un tercero y hasta un cuarto golpe es asestado contra su superficie. Al cuarto o tercer golpe, el vidrio revienta y una lluvia de cristales salen despedidos hacía mí. Cierro los ojos, por instinto. Demasiado tarde. Noto una punzada de dolor, y siento como hay algo se clava en uno de mis ojos.

Trato de abrir el ojo herido, pero no puedo. Si intento alzar el párpado, la visión del ojo se distorsiona y el dolor aumenta. Mi cara debe de estar cubierta de sangre.

Quiero gritar. Siento que me ahogo, que me falta el aire. Soy incapaz de respirar. Boqueo, como un pez fuera del agua.

Muda de terror, veo como penetra en el coche el extremo de una tubería oxidada, cuyo canto limpia los restos de vidrio que quedan aún esparcidos por el marco de la ventana. La tubería desaparece, y en su lugar aparece una mano, mugrienta y empapada, mientras que yo sólo puedo fijarme la suciedad que tiene bajo las uñas, largas y deformadas. Sus dedos levantan el seguro y busca a tientas el tirador de la puerta.

Consigo salir de mi ensimismamiento por un segundo. Suficiente. Aparto la mirada de aquellas uñas repulsivas, y echo mano del tirador de la puerta del conductor. Tiro de él. La maldita puerta no se abre. Estoy tan alterada que no soy capaz de quitar el seguro. Miró, una y otra vez, hacia atrás, pensando que en cualquier momento va entrar o estirar el brazo y me va a atrapar o golpear. Logro levantar el seguro.

Una décima de segundo después, mientras mis manos abren por fin la puerta, justo cuando mis pies están tocando el asfalto, noto un fuerte dolor y siento como salgo lanzada hacia atrás. Mi cabeza golpea contra una superficie mullida; creo que es el asiento del copiloto. Mi espalda se clava contra la superficie de plástico que separa los asientos delanteros. Duele. Trato de zafarme de la presa del vagabundo. Me golpeo contra la palanca de cambios. Me tiene agarrada por los pelos. Siento como si se me despellejaran literalmente la piel, pero sigo forcejeando, tirando hacia delante, mientras lloro, pataleo y araño.

No sé cómo, logro incorporarme.

Un segundo, libre. Aprovéchalo.

Echo a correr fuera del coche. Según salgo, doy un traspié y mi boca choca contra el asfalto encharcado. Me revuelvo y me deshago de los zapatos de tacón. Retomo la carrera, y me dirijo hacia la cuneta embarrada, al otro lado de donde se encuentra el payaso, cuán rápido puedo.

No quiero llevar a ese loco donde está él, por lo que corro en sentido contrario.

 

Incapaz de mirar atrás, sólo puedo concentrarme en correr. Siento un dolor horrible con cada nueva zancada y tengo la impresión de que las cosas se mueven a mí alrededor como un carrusel. La cabeza me va a estallar. Además, tengo ganas de vomitar.

Cuando he recorrido lo que imagino que son más de cincuenta metros, reúno el valor suficiente para girarme; eso, sí, sin dejar de correr. El vagabundo me sigue, caminado deprisa, cada vez más. Pero en ningún momento da la impresión de echar a correr. Parece que tiene una pierna más corta que otra. Da miedo verle caminar de esa manera. Pero eso puede ser una baza a mi favor.

Miro a mí alrededor, rezando para dar con algo que despierte mi ingenio o me dé una pista de qué hacer. Sólo quiero alejarme de ese maldito vagabundo. Tengo dos opciones. Puedo adentrarme en el bosque, el cual se extiende más allá de la cuneta, y esconderme hasta que se haga de día; o bien, seguir corriendo por la cuneta, sin apartarme de la carretera, y esperar a que algún coche se cruce conmigo y me saque de este infierno.

Descarto rápidamente la idea de seguir por la carretera. Recorrí en mi coche esta carretera durante casi una hora y no me crucé con ningún otro.

Decido, y entonces, me desvío de la cuneta, casi lanzándome de cabeza hacia el terraplén.

Barro, hojarasca, piedras, raíces y arbustos, todo sale a mi paso.

Corro lo más rápido que puedo, internándome en el bosque. Para mi sorpresa, a pesar de unos cuantos traspiés, no termino mi maniobra rodando pendiente abajo.

Dentro del bosque, trato de caminar por encima de las hierbas, para no dejar huellas en el barro.

Después de un rato zigzagueando, sin ningún sentido, me escondo detrás del tronco de un árbol retorcido y grueso. No puedo correr más. Si sigo se me van a salir los pulmones por la boca. Estoy exhausta.

 

Pego la espalda al árbol, y espero. Trato de acallar la respiración, cosa bastante difícil. Me asombra no haber muerto ya. Estoy reventada de correr y sólo puedo pensar en que hay un hombre enorme, con una tubería oxidada en ristre, que me quiere matar.

Aparto con cuidado los pequeños trozos de vidrio clavados en la piel de mi cara y cuello. Puedo abrir el ojo que recibió el impacto, por fin. Lo toco con cuidado y me doy cuenta de que está pegajoso. El trozo de cristal debe de haberse desprendido durante la carrera. Aunque la visión sigue siendo borrosa.

Escucho con atención. Todo está en silencio. Sólo puedo oír el ruido de la lluvia y el batir de hojas y ramas del viento. Ni rastro de vida animal o humana. Lo cual resulta bastante extraño.

Pasado un rato, decido asomar la cabeza, con cuidado, y hecho un vistazo a los alrededores, con la esperanza de no encontrar a nadie. Siento cierto alivio. No veo por ninguna parte a mi perseguidor. Entonces, me recuesto contra el tronco, y me dejo caer, abatida, hasta que me quedo sentada, encima de una piedra, con la espada apoyada contra la madera pegajosa del árbol.

Miro el chaleco reflectante. Qué idiota soy. Me lo quito y lo entierro en el barro. Trató de pensar. Necesito salir de ésta. Tengo que hacer algo.

Recuerdo que mi mano esta aferrada a un objeto. Miro - aunque mi mente ya sabe qué es - y veo el teléfono móvil, preso entre mis dedos. Lo alzo a la altura de mis ojos y compruebo que hay un par de rayas de cobertura en la pantalla.

Tengo que dejar pasar un par de segundos para comprender que quizá pueda llamar. Entonces, selecciono y marco el número de Fran, mientras trato de tapar el fulgor azul que desprende la pantalla del móvil cubriéndola con la palma de mi mano libre.

Escucho el tono de llamada.

Vamos, vamos, vamos…

¿Hola?, dice una voz de mujer. Me quedo pálida. Alma, ¿eres tú? Fran ha ido ha…Cuando comprendo de quién puede tratarse, aprieto el botón y corto la llamada.

El miedo se transforma en rabia. Está con la zorra de su ex. Después de que me fuera, se quedó con esa guarra. Hijo de la grandísima puta. Jamás imaginé que me harías eso. Bueno, sí, lo imaginé; pero nunca creí que pudiera hacerlo.

Olvídalo. No es el momento. Céntrate en salvar tu vida. Si no puedo contar con él para salir de aquí, estás sola.

Bueno, sí puedo. Pero no quiero volver a ver a ese mal nacido.

Oigo ruido de hojas. Espera, espera, espera… necesito un poco más de tiempo, por favor.

Miro con extremo cuidado. Ni rastro del vagabundo. Eso es bueno.

Aunque no quiere decir que no esté aquí, en alguna parte, escondido, acechando....

Espera, ya sé.

Comienzo a marcar el teléfono de los servicios de emergencia y me llevo rápidamente el móvil a la oreja. Tras un segundo eterno de espera, salta la grabación de una voz femenina, la cual me dice que estoy fuera de cobertura o que el teléfono al que llamo está apagado.

Corto la llamada, enrabietada, y miro la pantalla del móvil. No hay ninguna raya. Está fuera de servicio. Cómo puede ser, si hace un segundo tenía cobertura.

Vuelvo a mirar. El vagabundo aparece, a un par de metros escasos de donde me encuentro escondida. Me quedo helada. Aguanto la respiración y trato de no moverme. Puedo oír el chasquido de las ramas que tienen la desgracia de cruzarse con ese desgraciado. El ruido de la maleza aumenta su volumen, a medida que se aproxima.

Tengo que salir de aquí, sin que me vea.

Me asomo. Por fin puedo verle el rostro, desde aquí. La bufanda se le ha aflojado, dejando al descubierto gran parte de su cara. Tiene una faz alargada y huesuda, poblada de una barba encrespada y llena de trasquilones. Camina con una mano delante, mientras que, con la otra, sostiene la tubería oxidada, la cual balancea de un lado a otro, como un bateador de béisbol, nervioso ante el próximo lanzamiento.

Da la impresión de no ver bien. Siempre lleva la mano libre alzada, por delante de su cara, y tantea todo los árboles y ramas que salen a su paso, con bastante torpeza. La boca la mantiene abierta y la punta de la lengua ligeramente fuera, asomada entre sus labios agrietados, como si le costara respirar. Pero lo que más me llama la atención, y me asusta de verás, es la ausencia de expresión en su cara. Parece muerto, no hay atisbo de tensión en sus músculos faciales.

Decidido. Tengo que salir de aquí cuánto antes. Comienzo a moverme. Lentamente. No te precipites.

Cuando logro incorporarme, corro en dirección contraria a donde, creo, se encuentra el vagabundo.

Es importante no volver sobre mis pasos, a pesar de las consecuencias que puedan derivarse de dicha acción.

Me adentró, más aún, en las profundidades de un bosque que no conozco, y me alejo del coche siniestrado.

Ahora sé, que sólo podré salir de ésta, por mí misma.

En todo este tiempo no ha parado de llover, y mi ropa está tan empapada que no sé si voy a poder soportar el peso. Estoy extenuada. Corro sin parar de un lado a otro. No quiero mirar atrás. Con el ruido que hago, no puedo oír nada más, y no sé si el vagabundo ha salido en mi persecución o no.

Da igual, no puedo parar de correr. Tengo todo el cuerpo cubierto de barro, sangre y arañazos. Mientras corro, miro constantemente la pantalla del móvil, con la esperanza de que pase por un sitio donde haya cobertura.

A mi izquierda, me parece atisbar luz. Quizá me haya acercado a un tramo de la carretera, y el punto luminoso provenga de los faros de un coche. Es una posibilidad muy remota, pero decido aferrarme a ella. Si sigo corriendo, sin ninguna referencia, puedo perderme en el bosque o toparme de bruces con mi perseguidor.

Corro hacia la luz. Giro a la izquierda. Veo un terraplén. Asciendo por él, valiéndome de pies y manos para superar su pendiente. Entonces, todo mi mundo se viene abajo. Me rindo. No puedo más. Esto es absurdo.

La luz, que creí ver, no es más que la emitida por los faros de mi propio coche, estrellado, exactamente, contra el mismo árbol, en el mismo lugar, donde tuvo lugar el accidente. He debido de correr en círculos.

Ahora, qué.

Estoy justo donde empecé.

Espera, espera un momento. Puede que el vagabundo esté lejos de aquí. Sí, quizá lo hayas despistado o se haya perdido en el bosque. Quién te dice que el conozca esta zona mejor que tú. O incluso puede que piense que yo no sería tan tonta como para volver aquí y ni se le pase por la cabeza regresar al punto de partida.

Recuerdo al payaso. Echo a correr. Quizá siga vivo. Me detengo, estupefacta.

No está. Ni rastro de él. El payaso y los dos carros de la compra han desaparecido.

Si no fuera por las contusiones, la sangre y el dolor de cabeza, juraría que lo he imaginado todo. No, no puede ser. La ventanilla del coche está reventada desde fuera. Aunque, claro, pudo haberse quebrado durante el accidente. No, no puedo pensar eso. No estoy loca. Lo que me está pasando es real.

Empiezo a girar sobre mí misma, hacia el terraplén, tratando de ordenar mis pensamientos.

Creo que me he escapado. No sé cómo; pero sí, puede que quizá me haya librado. Sonrió levemente. Un tío ha tratado de matarme y he escapado. Lo he conseguido. No sé cómo, pero lo he hecho. No imaginaba que fuera capaz de algo así. De verdad, existía. La sangre de mi cara y la ventanilla del coche lo demuestran. Esta noche han intentado matarme, y he logrado salvarme.

Oigo un ruido, que sólo soy capaz de identificar cuando mis pies se despegan del suelo. El mundo se pone del revés y mi cabeza golpea contra el asfalto. Veo cómo una tubería oxidada cae a mi lado, produciendo un chapoteo metálico. Siento un frío atroz, pero distinto al que he experimentado hasta ahora. Por más que lo intento, no puedo moverme.

Observo, impotente, como se acerca el vagabundo.

Puede que esté respirando, pero sé que ya estoy muerta. Cuando lo tengo encima, noto como se inclina hacia mí y huelo el hedor de su aliento, a un palmo escaso de mi cara. Está vivo. Nada muerto puede oler tan mal.

Me doy cuenta de que, mientras se inclinaba, ha recogido la tubería oxidada, con su mano izquierda. Pero sólo soy consciente de que eso ha sido así, cuando la veo alzarse, preparada para caer sobre mí.

Trato de suplicar, pero sólo soy capaz de balbucear.

Nunca imaginé que se podía pasar tanto miedo sin despertar envuelta en tu propio sudor. Entonces, el vagabundo, alza más aún la tubería. Sé qué va a pasar a continuación, y no quiero mirar. Cierro los ojos.

 

Despierto. Me sorprende no estar muerta. El dolor renace con la conciencia, y hace presa de cada uno de mis nervios, tendones y músculos. No sé qué ha pasado, ni dónde estoy. Necesito vomitar, pero no logro hacerlo. Me deslumbra unas luces móviles, ubicadas en paralelo, que avanza rápidamente hacia mí. Me siento tan mareada que me veo incapaz de articular pensamientos coherentes. Huele muy fuerte, a pintura quizá. Me llevo una mano flácida a la cabeza y toco los rizos de una peluca con dedos torpes. Intento hace algo, cualquier cosa. Pero me resulta imposible mover las piernas, como si estuvieran hechas de trapo.

¿Lo que viene es un coche?

Miro hacia abajo y veo que estoy metida dentro de un carrito de la compra, al igual que lo estaba el payaso. Entonces, alzo los ojos - creo que por última vez en mi vida- y miro hacia el coche - sí, definitivamente es un coche- que se acerca sin aminorar la velocidad. Creo que el conductor no me verá hasta que sea demasiado tarde, porque estoy situada en el punto ciego de la curva.

A pesar de que veo el mundo como si lo hiciera a través de un cristal empañado, juraría que el rostro difuminado de Fran flota, difuso, más allá del parabrisas del asiento del copiloto del coche que en menos de un segundo se me llevará por delante.

Me cuesta pensar. Estoy tan cansada…

Un segundo antes de que la oscuridad lo nuble todo y oiga como se quiebra mi columna vertebral, un fogonazo de luz ciega mis ojos…

 

El Duque Albino

COMENTARIOS

Comentarios: 5
  • #5

    Masticating Juicer (miércoles, 10 abril 2013 18:18)

    I just shared this upon Myspace! My pals will definitely like it!

  • #4

    Anónimo1 (lunes, 06 septiembre 2010 21:16)

    GRANDE

  • #3

    Tyndalos (miércoles, 29 abril 2009 16:39)

    Lo haré gustoso, Duque Albino. Seguro que disfrutaré.

  • #2

    El Duque Albino (miércoles, 29 abril 2009 16:22)

    Gracias, Tyndalos. Tú crítica se aproxima bastante a lo que puede ser. Pero como tú mismo dices, no sería bueno dar todas las respuestas. Creo que es mejor que el lector interprete los acontecimientos y fabrique sus propios porqués. No he comentado ninguno de tus relatos todavía, pero he leído cuatro de ellos. Me encanta tú manera de crear angustia y la forma tan directa de tu prosa. Mi relato más parecido a tu forma de escribir, quizá sea "La fragilidad del ser"; échale un vistazo.

  • #1

    Tyndalos (martes, 28 abril 2009 09:58)

    Excelente relato, Duque Albino: es el primero de los
    tuyos que ha caído en mis manos, y debo felicitarte.
    El payaso se me antoja como una "proyección astral"
    de la chica protagonista, un alter ego suyo. Pero su-
    pongo que decidirse en esto sería como matar el relato.
    La esencia del terror es la ambigüedad, siempre lo digo.
    Enhorabuena.