* AL ATARDECER (por Kharvatos)

ropócelos tenía un dilema.
Había nacido hacía medio millón de ciclos, en la luna de uno de los gigantes gaseosos que orbitaban en torno a una estrella de la cual ya no recordaba ni el nombre.
Era el último de su raza.
Portaba consigo el germen de toda vida y lo había empleado en contadas ocasiones hasta ahora.
Todas ellas sin resultado alguno.
Pero sabía que algo debía hacer. A fin de cuentas su existencia estaba consagrada enteramente a la búsqueda y difusión del bien más preciado en el universo, y eso le condicionaba profundamente. Hasta el punto de que ya no consignaba ningún otro tipo de datos en la poderosa computadora que, con el devenir de los siglos, se había llegado a fusionar con él hasta ser uno solo.
Aropócelos también era vida y a la vida estaba dedicado. Sabía que no podía dejar pasar ninguna oportunidad pues, en ese caso, debería esperar mucho tiempo antes de que se volviera a presentar alguna otra. Si es que tal cosa llegaba a ocurrir. Y durante su larguísimo periplo por el cosmos no había encontrado ninguna traza de organismos vivientes, ni de sustrato apropiado en todos los mundos que había visitado, que le aportara alguna esperanza de poder dar permanencia a su Obra.
Escrutó con sus receptores biomecánicos el sol rojo al que se aproximaba.
Presidía una corte de varios planetas, cuatro de ellos gigantes gaseosos, y todos ellos rodeados de satélites rocosos. Lo primero que captó su atención fue la disposición de aquel sistema. Repasó su base de datos y comprobó que, estadísticamente hablando, resultaba una región singular.
- “Sistema lenticular” pensó. “Los mundos gaseosos se encuentran en el centro y hay un par de mundos rocosos en ambos extremos… vaya, uno de ellos es un sistema doble… y demasiado frío”.
Concentró su atención en las grandes esferas de gas. Una de ellas radiaba más calor al espacio del que recibía de su estrella. Pero aún así solo trazas de algún elemento orgánico. Nada de vida. En el resto de aquellos hieráticos colosos algo parecido.
Se acercó al pequeño planeta rocoso más próximo al sol y dio un respingo en su burbuja electromagnética cuando sus conectores le enviaron toda la información que estaban recibiendo de aquél mundo rojizo. En la agrietada superficie, como esculpidos por un enorme y poderoso cincel, se apreciaban valles y lechos de ríos secos. Allí había discurrido agua. No era un dato contundente ni resolutorio para confirmar la existencia de vida. Pero su experiencia le dictaba que donde había agua las probabilidades aumentaban considerablemente. Y eso merecía todo su interés. Quizás en algún punto… bajo el subsuelo.
Envió una sonda-señal para corroborar esto último. Aún en el caso de que no encontrara nada, cabía la posibilidad de hallar vestigios que le permitieran confirmar el hecho de que alguna zona pudiera ser el entorno adecuado para que su “semilla” germinara. Comprobó que la temperatura y la radiación eran adecuadas tan sólo unos centímetros por debajo de la superficie. La escasa atmósfera, compuesta principalmente de dióxido de carbono, podía ser alterada en relativamente poco tiempo si el material que el portaba llegaba a desarrollarse.
El transcurrir de los eones haría el resto.
Si. Por fin había hallado algo. Aquel era un pequeño rincón del universo en el que sus expectativas tenían posibilidades de cumplirse. El sol rojo, a pesar de ser una estrella antigua y de probablemente haber devorado en su terrible expansión mundos más cercanos y, quien podía saberlo ahora, quizás rebosantes de vida en su momento, aún duraría mucho tiempo. El suficiente como para que su luz y calor alimentaran la evolución biológica que Aropócelos estaba a punto de iniciar.
Pero… ¿y si fracasaba?
La antigua entidad tan sólo tenía ya una oportunidad de lograr resultados y no debía malgastar su simiente así como así. Reflexionó detenidamente durante algún tiempo computando posibilidades, utilizando marcadores. Señalando los lugares más apropiados. Hizo todo lo que estaba en sus manos para evitar cualquier error. Pero… ¿Quién podía enfrentarse a la ley más poderosa de todo el universo? Por azar la vida había surgido en distintos lugares del cosmos. Por azar se había extinguido hasta sólo quedar Aropócelos y su divina empresa. Y ese mismo azar condicionó su destino.
Un maldito átomo de deuterio alteró su curso. El extraño periplo de aquella carambola cuántica provocó lo que jamás debiera haber ocurrido. Su trayectoria conmocionó al resto y la reacción, estable y constante durante milenios, fue perturbada por aquel pequeño evento que, al magnificarse transmitiendo su información como si de una cadena de fichas de dominó cayendo unas tras otras se tratase, produjo el terrible desastre.
Aropócelos no se dio cuenta de ello hasta que la descontrolada reacción del motor de fusión hizo saltar los indicadores advirtiéndole que algo andaba mal. Entonces ocurrió lo inevitable. La tremenda explosión destrozó los propulsores del gigantesco bajel interestelar alterando su órbita geoestacionaria para, a modo de ave herida, comenzar su fatídico descenso sobre la superficie del planeta rojo.
En un apacible y tranquilo atardecer... la última forma de vida en todo el universo se extinguió sobre la superficie de Marte.

Kharvatos

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