* A SOLAS (por Tyndalos)

[Tomado del cuaderno de notas del Dr. Ph. Calver: “El curioso caso del joven Jeremías J. Fludd, Hospital Real de Alienados, O.C.]


o me gusta quedarme solo. De ninguna de las maneras. No soporto que los demás me dejen en casa, sin nadie, sin testigos. Hace ya muchos años que sucedió, pero no consigo olvidar esa mala pasada. Aquella tarde mi madre se fue a comprar. Se llevó a la pequeña, mi hermana. Papá siempre andaba por ahí, con sus viajes de negocios. Y yo solo en la gran casa. La tarde fue declinando, y los murmullos aparecieron. Suaves y en aumento. Furtivos, burlones, enloquecedores. Llegaron a ser muchos, muchos los murmullos. La casa se llenó de palabras. Y entonces, en una especie de clímax, las paredes se ondulaban y abandonaban su lisura para dibujar espantosos relieves de caras, de manos, de miembros que se afanaban en capturarme. Yo gritaba, y ellos gritaron a su vez. Golpeaba con furia las paredes, y ellos me devolvían empellones, patadas, insultos. Todo se movía de forma loca, incontenible, como si un seísmo de energía espiritual se apoderara de los cimientos de la casa. Creía que iba a volverme loco. Jamás me quedaría solo, juré. Un niño no debe pasar por trances de este tipo. Eso dijeron todos. Los médicos que me vieron. El director del internado para niños alienados. La familia de mi madre. Incluso papá cuando regresó de uno de los viajes. No lo supe hasta mucho más tarde: me tomaban por un loco. Y aunque después de mi recuperación mantuve una conducta intachable en todo, en estudios, en compañías, en aficiones y juegos, siempre fui “el loco”. Yo lo supe siempre, aunque de esto nadie me hablaba. Y lo cierto es que ya nunca más pasé una tarde solo en casa ni en ninguna otra parte…

Pero un día mi madre se tuvo que ausentar imperiosamente.

Papá yacía en el depósito de cadáveres.

La policía había cursado la orden a mi madre para testificar sobre la identidad del cuerpo. Terrible noticia: un asesinato nocturno en mitad de la niebla de la ciudad. Un crimen contra un hombre respetable… ¡No! ¡Mentira! Papá no era nada respetable. Una de las muchas víctimas de mi papá había sabido defenderse: una chica de los bajos fondos, con el valor suficiente para no dejarse estrangular, había sacado un puñal inadvertidamente y se lo clavó en la tripa hasta la empuñadura. Papá se desangró lentamente junto al río, y nadie vio al asesino muerto hasta el alba. Entonces comprendí que tanto crimen e infamia en mi hogar alborotaba a los duendes que en ella moraban. Y me quedé solo, pues. No podía acompañar a mi madre. “Yo era muy sensible”. Estaba afectado por tan espantosa noticia. Y además… ¿Yo ya estaba curado, no?

Pues no. La cara de papá, horriblemente desfigurada, apareció primero en la pantalla de televisión. Después, al desconectar la tele, la pude ver en los múltiples espejos del pasillo. Y por las ventanas que daban al jardín delantero. Y salía de debajo de las camas. Abría los armarios para esconderme en uno de ellos, y salía él, con los ojos en blanco y las fibras musculares rojas de la cara, justo como las de un figurín de anatomía. Grité. Pero ellos gritaron más. Las manos de las paredes querían tocarme. Y los murmullos subían su intensidad hasta increparme a gritos. Los seres de la casa me atormentaron con saña, con hostilidad, con un ardor cargado de un odio infinito. Mi casa era el Infierno. Y después vino la visión:

Una visión oculta bajo los lóbulos de mi encéfalo durante años.

Papá, mi presunto papá que tanto viajaba “por asuntos de negocios” venía a buscarme a mi camita y, furtivamente, a espaldas de mi madre, me ponía un grueso abrigo encima y me decía: “Chico, esta noche toca cacería”. Y nos íbamos a los bajos fondos a por “busconas”, a darles su merecido. Y yo siendo nada más un niño, iba gustoso… ¡lo hice tantas veces! ¡Cuántas noches habré acompañado a papá en sus “cacerías”!

Los seres ya no me van a dejar solo jamás.

Tyndalos

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