* VORTICE INFERNAL (por Tyndalos)
2ª parte de: "En los Abismos del Espacio. En el Abismo del Tiempo"

a barca hincaba la tela marina. Su bamboleo simulaba una danza macabra, una leve violación de la paz del amanecer. El viejo me escrutaba, muy burlón, pero hermético. Me había proporcionado mantas y una cantimplora con agua, y otra con coñac. Todos estos pequeños lujos me animaban a buscar un momento de paz en el sueño. Dejaba atrás mis infortunios. No me confiaba nada en aquel tipo, que a fin de cuentas sabía que era un loco y el terrible artífice de mi descenso a los abismos. Pero, por todos los dioses: ¡era un humano! Al menos eso parecía. Ya nada podía ofrecer seguridades ni confianza. Mas el cansancio me había puesto en sus manos, como una cría de gorrión que no puede volar y se queda en las manos de un niño travieso, quizá la encarnación misma de un diablo. Y entre sus crueles manos el pajarillo morirá estrujado, quién sabe si estrangulado por unos dedos irreflexivos, fríos, bajo la mirada distante de un ser que ya no sabe en qué puede buscar placer. Quizás sólo en la destrucción. Yo me hallaba en sus manos. Aquel viejo, marino improvisado, me conducía a algún nuevo infierno. Pero nada podía ser peor que el abismo que ya había recorrido. No ofrecí resistencia. La fatiga me dejó en sus manos. Como quien cree ya haber andado todos los senderos del mundo y ya solo le queda uno: el de las llamas del averno donde consumirse definitivamente.
Mis ropas se secaban a mi lado. Un suave mono militar, o algo parecido, las substituía en este momento. Esa indumentaria, muy apropiada, junto a las mantas y el licor, me reponían por momentos. Y cedí a la tentación del sueño.
El siguiente recuerdo fue verme en una amplia cama, anticuada y algo crujiente. Un enorme cárabo disecado me vigilaba enfrente. Y, siniestramente, un espejo deformante me devolvía una imagen de mí mismo muy espectral, triste, agotada. Muchas horas en un colchón de plumas, en una atmósfera cargada y húmeda. Alguien sin rostro me traía bebidas y extraños purés que servían para reponerme. Vuelta a dormir. Y mi imagen, fundida con el cárabo en unos horrendos sueños. La faz del monstruo del abismo, el hombre-lagarto, y todas las monstruosidades de la noche anterior, volvían hacia mí.
Seguí las instrucciones de Singer. Quizás telepáticamente, me decía cortesmente que ya podía darme un baño, ponerme el traje que me había preparado y bajar al salón a compartir con él su cena. Obré tal como era su deseo. Y en efecto, ya era ese el momento en que me creía totalmente recuperado. Cuánto tiempo había transcurrido desde mi aparición en el mundo exterior, era algo desconocido. No podía hacerme una idea.
Bajé una larga escalinata. No era muy diferente a la de FlatteringCurse, si bien esta otra mansión parecía mucho más habitable, pese a la humedad omnipresente y la extraña carencia de aire, que me provocaba sudor torrencial y una aceleración del latido cardíaco. El gusto de Singer se mostraba en todo su esplendor en su hogar. Barroquismo desmesurado. Un loco eclecticismo y una aberrante hibridación de formas procedentes de todas las culturas, sin menospreciar los testimonios de las naciones más salvajes y degeneradas. Al descender hasta el vestíbulo, las estatuas zoomorfas, y los más repugnantes dioses infernales parecían observarme también con ojos suspicaces. Era curioso, pero igual que en Flattering Curse, todo en aquella casa parecía tener ojos. Era su réplica actualizada, su versión habitable... ¿O quizá era la misma mansión? Pues Adolphus Singer no podía tener por hogar otra cosa que un abismo, y sus hogares tan solo representaban umbrales al submundo, a otro tiempo arcaico. ¿Acaso no había aprendido suficientemente mi lección? La lámpara del techo era la torre de vigía para unos enormes pajarracos que también escrutaban. Eran seres vivos de mirada punzante, mayores que el buitre, todos ellos negros y feroces. En el rellano, gatos siniestros y un gran mastín se movieron inquietos y expectantes. La alfombra, indecorosamente, mostraba los restos sanguinolentos de un festín carnívoro. Sin dudas, Singer despreciaba profundamente la higiene civilizada y el más elemental sentido de la dignidad en un domicilio humano. Cuando llegué abajo, comprobé para mi espanto la presencia de órganos humanos manchando para siempre la que un día fuera una espléndida alfombra persa. La carcajada de Singer, que ya había trocado su traje marinero por un suntuoso frac, resonó en las cuatro esquinas de la estancia, y se propagó hacia la cúpula altísima que coronaba un lateral del vestíbulo, quizá sirviendo de torre o faro en el palacio. Los gusanos bicéfalos, ya para mí conocidos, y dotados de alas dactiliformes, arrancaron su vuelo allá en las alturas. ¡Cristo! Nunca iba a finalizar mi pesadilla.
--Me temo que mis amigos no nos han esperado para cenar. Les regañaré por su impaciencia.
Aquel humor macabro me era familiar. Singer había dado sus primeros pasos literarios escribiendo relatos de humor y misterio en ciertas revistas baratas. Después, se había pasado al Terror Cósmico, género en el que nunca superaría a su maestro, H.P. Lovecraft. Ahora me parecía una caricatura de sus propios personajes. Falsamente refinado, otorgándose ínfulas de aristócrata, era capaz de comer carne humana, como sus mascotas. Era Singer un tipo dispuesto a transgredir cualquier norma moral, con tal de sentirse investido de poder. Me era odioso. Nadie, con forma humana (ya que no hablaré de su alma, de la que Singer carece), nadie puede resultar más repugnante.
--Le prometo, Sr. ... que nosotros no probaremos nada crudo. Ya no poseemos estómagos que admitan excesos.
El comedor era espléndido, si bien eran perceptibles ciertos detalles de excentricidad mayúscula. Por ejemplo, los criados iban ataviados como verdaderos salvajes. El color aceitunado de la piel era roto, aquí y allá por pinturas y tatuajes, a cada cual más horrendas. Extrañas escarificaciones, y aros de metal raro y refulgente, daban a aquellas bestias humanas un aspecto imponente. Por otro lado, el olor nauseabundo que sus cuerpos despedían no constituían la mejor compañía para una cena. Noté como mi anfitrión les impartía órdenes tajantes en una jerga ignota. Desde luego, algunas palabras eran inglesas y castellanas, pero radicalmente envueltas en medio de otras expresiones de origen desconocido, quizá idiomas de los indígenas de la selva. Lo que más me sorprendió fue que todos empleaban, Singer incluido, aquellos chasquidos acelerados que conformaban un código comunicativo no humano. Entre los salvajes de la servidumbre, la mirada era extraviada, como si fueran todavía habitantes de un mundo lejano y cuya presencia corporal en la mansión tan solo obedeciera a que Singer les mantenía hipnotizados de alguna manera.
En efecto, la comida era tan exótica como todo lo que me rodeaba. Unos muslos de alguna criatura esponjiforme y abundante en grasa. Unas copas de barro rellenas de un vino grumoso de efectos hilarantes y débilmente alucinatorios. Singer me escrutaba y reía. Simulaba ser un viejo compañero, y colega amistoso que había compartido mi interés por el permixtium y por otras rarezas preternaturales.
--Ha llegado Vd. todo lo lejos que se puede llegar por medio de los cauces mediocres de la ciencia oficial. La investigación de esos seres no puede reducirse a una mera recopilación de ejemplares reducidos a simples esqueletos, ni tampoco acudir a la caza de fósiles, en su mayoría hallados por azar. Para buscar las poblaciones de hombres-lagarto es preciso acudir a las más antiguas tradiciones. Ellas contienen las claves. La tradición tántrica, por medio de la magia infernal más olvidada, despierta a la conciencia del celebrante el antiguo recuerdo de los puntos de contacto con el submundo. Conocer es recordar, como dijo Platón. El abismo del espacio y el tiempo se encuentra mucho más cerca de lo que se tiende a pensar en una existencia mediocre y civilizada. Mis estudios me llevaron al Centro del Mundo, las Montañas del Himalaya. Las razas superiores tuvieron allí su criadero primigenio, y desde las remotas cuevas en las que se habían perfeccionado, en lo físico y en lo moral, se desparramaron en diversas direcciones para conquistar el mundo de la superficie. En las cavernas más profundas, sus viejos maestros, arcaicos en su morfología y en su entendimiento, les habían instruido en conocimientos mágicos, indispensables para formar castas invencibles de guerreros, que pudieran cazar esclavos y facilitar carne humana a un pueblo en constante aumento demográfico. Cuando, milenios después, llegaron otros pueblos mongólicos a este Centro del Mundo, su espiritualidad y su ciencia sólo fue un vago recuerdo y una ligera intuición de sus primeros contactos establecidos en ciertos pozos y aberturas que se abrían en aquella remota cordillera. Pero el tesoro mítico de los monjes tántricos, o mejor, una secta repudiada por las corrientes mayoritarias de éstos, fue nuestra pista. La suya como lo fue la mía.
“ Yo aprendí su magia. Cierto movimiento político también la solicitó, y me tuve que unir a ellos, no por simpatía, sino porque me era imprescindible contar con el apoyo de un estado y de un ejército poderoso para cumplir mis planes. Los planes de que hablo, mi querido Sr., consisten en ir revelando gradualmente al mundo la maldad intrínseca que hay en nosotros y en el suelo mismo que pisamos, y cuya profundidad resulta tanto más ominosa, cuanto más conocemos de ella. Los hombres viven como locos, ausentes de la podredumbre en que se apoyan. La humanidad debería aprender de una vez para siempre que ella, en sus distintas razas y culturas, no es otra cosa que una degeneración de una anciana progenie, mixta, de la que sólo una veta goza de pureza absoluta de naturaleza y destino. No me voy a extender en la cuestión de cómo averigüé que yo mismo procedía de ese linaje puro, sin tacha, y que en mis genes se escondía el mensaje cifrado que me impelía a salvar a la humanidad; entiéndame Sr. mío, estamos hablando de salvar a la verdadera, a la esencial humanidad. La mayoría de los humanos que infestan esta tierra sólo está constituida cuerpos sin alma, materia prima y alimento para que los Puros podamos volver a crecer como pueblo elegido por los viejos dioses. Para esto era preciso acometer ciertas medidas que el Führer, por desgracia, malinterpretó de la forma más tosca. Luego, el curso de la guerra hizo que el cumplimiento del supremo destino quedara pospuesto en todo el mundo. Pero somos muchos los que trabajamos con ahínco por reconstruir el Reino de los Antiguos, la pura raza que habrá de dominar las estrellas y viajar más lejos de ellas”.
El discurso de aquel loco, en sí mismo una delirante perorata que ningún hombre sano podía admitir, fue cobrando para mí ciertos visos de coherencia y sentido. Quizá la copa de vino grumoso me ayudaba a ello. Aquel viejo excéntrico me estaba atrapando en sus redes. Si bien de forma inusual, trataba de seducirme.
-¡Caníbal! ¡Degenerado! Va a pagar muy caro todo ese cúmulo de crueldades y de vicios.
Singer rió. La mirada trató de llegar hasta mi mayor abismo. Este hombre entendía de profundidades.
--Cálmese, amigo. Le estoy participando de secretos muy poco divulgados entre los seres comunes. Y doy por supuesto que Vd. No es uno de ellos. De lo contrario, jamás hubiera llegado tan lejos en sus pesquisas. Coma otro poco de esta carne. Le aseguro que no es humana, y por cierto, está deliciosa. ¿No se da cuenta de que le invito a que forme parte de nuestro grupo? Quizás necesite tiempo para digerir todo este embrollo. En realidad es mucho más simple de lo que sospecha. Parta Vd., tan solo, del siguiente axioma: siempre les han engañado. Todas las religiones, ideologías y la propia ciencia no son sino montajes –bien burdos- para mantener a los seres humanos vulgares en la ignorancia de que existe una Raza Superior, y que los más altos designios le aguardan a ésta para que el Cosmos se salve. ¿Comprende Vd. Que quizá sea uno de nosotros, y que son sus prejuicios y su educación los que le impiden caminar en la dirección que los Dioses le tienen marcado?
El vino, la fatiga, la mirada hipnótica del anciano. ¿Qué pudo influir en mi cerebro para que yo empezara a percibir las cosas de manera distinta? Singer me estaba embaucando y lo peor de todo es que me estaba dando cuenta de ello.
Tras la cena, el viejo me guió por un pasillo lóbrego, repleto de estatuas inquietantes, que representaban deidades olvidadas o seres de otra dimensión. Ante algunas de ellas, mi anfitrión realizaba ritos grotescos. La superstición le forzaba a retorcer los dedos de sus manos y hacer frotaciones contra su mejilla. También se atusaba la barba y acometía amagos de una genuflexión.
-- Biriagoon-ma-tpfath-tpfaith. Biriagoon. Biriagoon.
El pasillo se volvía circular, y entonces intuí que bordeábamos el perímetro de un ancho torreón cilíndrico. Entonces, comenzamos a descender. La humedad sofocante, que se había mitigado un tanto en el comedor, volvía ahora con toda su fuerza repulsiva. Las gotas que, a millones, se filtraban por las grietas y hacían que la piedra rezumara, eran para mí la evidencia de una cercanía al mar. Cómo podía suceder que aquí, en Ph., un condado tan familiar desde mi infancia, en el que incluso mantenía una casa solariega a no demasiadas millas, escondiera estos secretos. Jamás había tenido noticia de aquella gran playa con esa caverna para titanes. En mi vida había recibido noticias de una fortaleza que alzara su torreón en el mismo mar. Desde niño había recorrido la costa en mis excursiones, y todos los catálogos de fotografías destacaban los edificios singulares del condado. Un torreón como aquel debiera ser famoso, como reclamo para los turistas. ¿Me hallaba donde realmente creía estar?
De nuevo, como en FlatteringCurse, la mampostería albergaba inscripciones espantosas, en las que el ojo y las siluetas de hombres, lagartos y otras criaturas, entablaban luchas y otras actividades aborrecibles que prefiero omitir. También había símbolos puntiformes y letras, parecidas a las runas, que alternaban con curiosos ideogramas que no casaban con ningún modelo reconocible, pese a que había dedicado muchos años al estudio de alfabetos y escrituras antiguas de todo el mundo. También se había grabado en la piedra el mandala, a veces muy ensortijado y con forma de serpiente. Otras ocasiones, parecía una simbología solar, y se transformaba en la svástica, tan habitual en las culturas euroasiáticas. Pero yo creía encontrarme en el nuevo mundo. ¿Hasta aquí habían venido esos remotos pobladores? ¿A América, muchos milenios antes de que los primitivos americanos, lo indios del tronco mongoloide, invadieran el continente?
Descendimos, y unos vahídos amenazaban de vez en cuando con interrumpir mi incursión a los abismos. ¿Quién fue lo bastante loco para construir un torreón de piedra, no tanto hacia lo alto, sino como un pozo que hundiera las moles en el fondo marino?
--Ánimo, Sr... Ya nos resta muy poco descenso. Mi casa es un poco grande, lo sé, pero es que en cierto modo todo el mundoprofundo es mi hogar.
Y entonces escuché ese horrible gemido.
No era agudo. Era como el trueno. Como un retumbar lastimero. ¿Era el Océano mismo que se quejaba de nuestra presencia y odiaba tener que abrazar a dos miserables profanadores de cuanto hay de antiguo y ominoso en nuestro planeta?. Pero estaba equivocándome. El gemido cavernoso se hacía sentir también en mi mente. Las vibraciones llegaban al mismo esqueleto que me sujetaba en pie. Y el horror me inundó, como cuando el diablo y todo su ejército de luz se apodera de un alma que ya se ha dado por vencida, y abre la puerta de sus murallas. Me agarré a la piedra, un impulso irresistible a andar el camino de vuelta, hacia allí arriba, me habría dominado de no ser por el brazo firme de Adolphus J. Singer.
--Querido. No tema Vd. Por nada. Sé que su cerebro es más resistente que el del pobre Dr. Palludi. En el fondo nos aguardan algunos amigos que se complacerán en verle.
Y hubimos de bajar hasta el interior de una gran cripta, rellena de musgo sesil, que parecía reptar por las paredes y el suelo. Dos salvajes, no muy diferentes de los que habían servido la cena, allá arriba, a centenares de metros, nos aguardaban provistos en este caso de unas largas lanzas. Sus aros en la nariz, y una furiosa mirada, completaba el temible aspecto de guardianes. Nos precedieron en lo que ya semejaba ser el pasillo central en el cuerpo de cruz de una enorme catedral submarina. Las columnas, no obstante, eran toscas. Alguna extraña civilización había labrado aquellos pilares del mundo con figuras de serpientes y dragones multicéfalos. También se repetía el motivo siguiente: una enorme estrella refulgente, haciendo descender de entre sus rayos una gran escalinata hasta la superficie de la tierra, en forma de oasis, huertos, grandes templos y seres vagamente antropomorfos. Mas la escalera parecía descender por debajo de la superficie, hasta la cripta donde unos grandes lobos con escamas y ojos en el vientre devoraban a los seres de la superficie. Aquellas representaciones deberían ofrecerme motivos para encajar las piezas que andaban revoloteando por dentro de mi cabeza. Pero, lejos de ello, las posibilidades que se abrían me hacían más angustiosa la posesión de la Verdad, del Gran Secreto. Y este repugnante individuo, Adolphus, se atrevía a traicionar a su propia raza, y a todo aquello que los hombres tienden a considerar sano y decente. Mi destino era incierto. Podría acabar devorado, como tantas víctimas de la secta de este loco. Los salvajes, de raza irreconocible, compartirían el banquete con el poeta y místico Singer, en su día laureado por docenas de academias y universidades...
Música de timbales. Ruido infernal, excitación salvaje de cerebros degenerados, de bestias tatuadas que muy lejos están del recuerdo de cuanto llamaron un día El Hombre.
Me vinieron a la mente estas palabras de “Tiempo de Aquelarre”, uno de los ensayos teosóficos de mi anfitrión. En efecto, la situación se asemejaba bastante a cuanto recordaba de este libro. Una especie de orgía brujeril, la aparición invocada de seres abisales y, finalmente, la comida sacrificial en el que la víctima sería siempre humana.
--¡Biriagoon-ma-tpfath-tpfaith. Biriagoon!
Quien gritaba ahora era un anciano desnudo, de esa raza híbrida, o puede que olvidada, un chamán que agitaba un largo báculo lleno de calaveras colgantes, con las órbitas grotescamente rellenas de falsos ojos de color bermellón. En cuanto le oyera Singer, éste se postró de forma abyecta y restregó abyectamente su cara en el lodo de algas sésiles que había bajo nuestros pies. Su orgullo altanero, sus aires de gran señor y digno maestro de ceremonias se tornó ahora en una servil y acongojada actitud. Jadeando, volvió la cabeza hacia mí, y gritó con la voz que procede el otro mundo:
--¡Haga lo que yo, estúpido, o le comerán vivo!
Imité, punzado en mi orgullo aquella genuflexión vejatoria. El chamán apuntaba ya con su báculo hacia nosotros.
--Biriagoon. Biriagoon, tpafathap, tpfaith.
Y más y más tambores. Y sonido estruendoso de cuernos de viento, que hacían estremecer nuestros tímpanos y cerebros y hasta reventarlos por dentro.
Los salvajes danzaron de mil modos que serían imposibles para la geometría del cuerpo humano normal. Los vapores de variado color salieron de ciertos orificios de la bóveda. El aire se volvió sucio y ligeramente narcotizante. La música, si por tal se puede entender aquel estruendo, producía por sí misma una especial angustia, provocando en mi cuerpo hiperventilación y latido acelerado del corazón. Me quise morir. Por primera vez deseé sinceramente no haber nacido ni tener compromisos con esta existencia maldita, en que la historia de la especie y de todo el universo está comprometida con el Mal Absoluto, al que abyectamente se han plegado todas las potencias, terrestres y celestes. Quise la Nada. El estúpido vacío del espacio infinito que no conoce limitaciones y, ni siquiera ha sido manchado con las dimensiones geométricas ni tampoco el tiempo. El espacio adimensional y eterno, es decir, el no-tiempo. Quise...
Y entonces se oyó ese retumbar. La Bestia se acercaba. El fondo de la cueva se iba volviendo aún más negro. Los indígenas entonaron un canto lastimero y aullador. Era penoso verles degradándose hasta aquel extremo. Singer hundía más y más su cabeza en el limo. De manera que él era un mero agente del mundo exterior en aquel antro de cultos ancestrales. Y había utilizado a líderes y naciones para que se cumplieran los designios de aquí abajo.
--Biriagoon. Biriagoon, tpafathap, tpfaith.
El chamán danzaba imitando los gestos y aullidos de animales para mí inexistentes. A veces nos azotaba ritualmente con su báculo siniestro, y el frío contacto de las calaveras nos hacía estremecer. Más pasos. El gigante se acercaba.
Y le vi.
Allá, al fondo, un ojo luminiscente. Un solo ojo, y unas fauces tan anchas como el mundo. Una cornamenta alambicada y a ras de suelo. Unas garras del tamaño de un buque acorazado. La lengua era trífida y humeante. El cíclope emitía unos bufidos que recordaban el llanto de los millones de almas que se habían perdido para siempre. La sola luz de su ojo nos cegaba si enfocaba directamente, pero su haz era estrecho y rectilíneo, lo que confería un mayor horror a la Cosa. Y venía. Venía hacia nosotros. El viejo chamán parecía enloquecer y, portando un cuchillo de piedra saltó alocado por encima de otro oferente de su misma raza. Este, mostrándose sumiso, ofreció su vientre para ser inmolado. Y otros locos corrieron a ser víctimas voluntarias... pero ¿quién puede decir algo acerca de la voluntad de estas desdichadas criaturas? El chamán, en cuestión de segundos, extraía vísceras de sus compinches y, de forma orgiástica, corría hacia la Cosa. Entonces miré al loco de Singer. Sumido en el lodo verdoso, deseando la muerte como todos aquellos fanáticos, el viejo había dejado muy lejos su humanidad. El instinto de supervivencia me hizo mirar hacia atrás. Y un relámpago cruzó mi mente: escapar. Debía huir de aquella inmundicia.
Y con los bufidos de la Cosa a mi espalda, inicié una loca carrera hacia la salida, hacia el mundo exterior. Los salvajes corrieron en pos mía. Extrañamente, no me habían atado los pies ni las manos, pero tampoco deseaban mi huida. Un par de ellos también venían enfrente, sin duda alertados por los gritos enloquecedores que se hacían oír por toda la gruta. Adolphus, el único con voz humana y reconocible, les daba órdenes:
--¡Biriangoo Upfahthallapp! ¡Uptafathalapp!
He aquí que en mi carrera me encontré con pasillos laterales en los que no había reparado mi atención al hacer el camino de ida. De alguna manera sabía que el túnel central que ascendía a la casa me estaría cerrado por los sirvientes de Singer, o alguna de sus criaturas. Ahora corría como loco en una completa oscuridad. Ya no había antorchas, y mis pies volaban sobre lo negro, como sucede en las peores pesadillas, en las que ignoras si en algún momento te faltará la base. Si miraba hacia atrás, y de cuando en cuando lo hacía, unos puntos breves de luz a lo lejos se distinguían de las tinieblas. Eran efímeros, pues este túnel contaba con muchas esquinas, contrafuertes y dobladuras rápidas e imprevistas. Muchos golpes recibía de la piedra, pero ninguna caída desafortunada en el suelo, ya que éste parecía casi pavimentado.
Poco a poco sentía las pisadas y las voces de mis perseguidores más lejanas. Ninguna luz al girar mi cabeza. ¿Sentían miedo ellos a su vez? ¿Quizá me adentraba en una profunda morada de algún monstruo al que, lejos de adorar, temían? ¿Podía concebir mi mente algún ser de naturaleza peor que aquella horrible Cosa?
Tan sólo el ruido de las leves filtraciones de agua. Tan solo el eco de mis botas, que andaban al paso, agotado como estaba por la carrera. Únicamente el tam-tam de mi corazón, el jadeo de mi respiración, el trueno de mi único pensamiento: quiero salir deaquí.
Caminé en el vacío, en la negrura más profunda. Pasaron horas y, sin embargo, seguía girando la cabeza hacia atrás para detectar la más mínima evidencia sobre la proximidad de mis perseguidores. Nada. Sólo yo y la nada. Yo y el miedo a morir. Yo y un único pensamiento: salir de aquí y no sufrir aquello que puede ser peor que la misma muerte.
Hubo muchos pasillos. Rechacé algunos y tomé otros al azar. Si hubiera tenido que rehacer mis pasos, me hubiera extraviado para siempre. Una sola idea me empujaba hacia la negrura. Los pasos se amortiguaban por el fino manto de alga vibrante. Llevaba mis manos a los tobillos para deshacerme de los brazos más contumaces, que impedían mi avance. El silencio se volvía por momentos sepulcral. Una enorme tumba laberíntica era aquel espacio, aquel vacío. El agua parecía cantar musiquillas burlonas, y algunas repentinas corrientes de aire me advertían que por los contornos nuevos pasillos conducían a docenas de nuevos pasillos. Y entonces vi delante un leve punto de luz. Me horrorizó la posibilidad de que mi vagabundeo en penumbras me hubiera conducido en círculo hasta el mismo atrio del ceremonial, donde mis perseguidores habían iniciado su carrera, que fue la mía. Pero no había una renuncia definitiva a mi esperanza, y me lancé hacia ese punto, como la polilla loca de una noche calurosa de verano, alas suicidas que anhelan estrellarse contra la luz de los porches. La luz indicaba espacios abiertos, barruntos de vida, la gloria de una salvación. “¡Corred, pies, corred y nada sepáis del cuerpo exhausto que se os desplomará encima!” Ya por fin adivinaba el tono, el baño de éter que anunciaba la luz: el rojo más intenso. ¿Sería el momento del ocaso allá afuera? Las paredes iban siendo pintadas por la brocha del cielo, que es el mejor demiurgo. Vi su superficie, algo irregular, llena de signos y raros jeroglíficos. El suelo, bastante liso, como pulimentado por manos diestras, y a prueba de traspiés y resbalones. El rojo y el negro hacían juegos de sombras, y un ojo de luz, quizá el sol en su lento ocaso, ese rojo de vida y esperanza se encendía al frente. Ya estaba cerca. La abertura de salida iba a ofrecerme el mejor espectáculo para un ser que se cree vivo: ¡el mundo! . Pero... frené mi paso y miré hacia el abismo abierto que se abrió delante de mí. ¡Pero qué mundo!
Un paisaje de torres cónicas y nubes habitadas. Un río de luz y gas atravesando ciudades verticales de aspecto rechoncho, como si fueran burbujas intercomunicadas. Luces, como estrellas o naves aéreas que surcaban el cielo. Volcanes que escupían una pacífica lava azulada que servía como de sustento para grandes acumuladores romboidales. Enjambres de raros vehículos dotados con ojos y que, sin duda, miraban. Todo ese espectáculo se hallaba a mis pies y se extendía hasta el infinito, en una línea de horizonte que se perdía de pura roja y brillante, como así era un cielo de estrellas, ninguna de las cuales yo, aficionado ducho a la astronomía, era capaz de reconocer.
En sueños o dentro de la realidad, yo me veía forzado a conocer a aquellos seres tan inteligentes y extraños, pues mi vuelta a los pasillos cavernosos no podía resultar más deprimente como posibilidad.
A mis pies, un escarpado sendero parecía comunicar con las faldas de mi barranco. Lo seguí agarrándome a las peñas, y resbalándome no pocas veces. Ninguna vegetación crecía allí. Los elementos minerales eran de lo más extraño, todos iridiscentes si se observan de cerca. El aire, cálido e impregnado de partículas irritantes, me hacía más costosa la bajada. Al llegar a una especie de meseta que anunciaba ya vías más accesibles hacia los edificios más cercanos, una voz me detuvo en seco.
Estás aquí
Estás aquí.
Ven, que serás conducido a donde los dioses
Ven y observa sus rostros
Cuidamos de los dioses nuestros
Tú también cuidarás de ellos.
Ven, a donde los dioses.
Estás aquí
Aquí.
Me resultaban extrañamente familiares aquellos versos. El estilo de Singer, místico y evocativo, como habían sido el poeta en su juventud, resonaba en mi cerebro. Era su eco el que me transmitía las piedras, como si ellas me hablasen, susurrándome maldiciones. Pero semejantes embestidas contra mi mente, contra mi ser, se volvían en alabanzas a mi arrojo, a la osadía y sed de conocimientos que había demostrado. El payaso del esoterismo y la mística, el fascista irredento de Adolphus J. Singer, me había abierto las puertas... ¿hacia dónde? ¿Habría él previsto mi huida? Ahora yo solo sabía una cosa: que se había presentado una oportunidad, pero no para salvarme en la huida, sino para acceder a este Olimpo incomprensible, a este país de mentesque me lanzaban versos telepáticos, llenos de poder fascinador, de lujuria pensada que al acceder a los umbrales de mi psique se transformaba en poder de seducción. ¿Era este el país de los Dioses, el lugar primigenio de las Formas, la fuente materna de toda creación?
No. No podía ser eso en absoluto. Aquí se respiraba Maldad. La mortecina luz del crepúsculo más bien anunciaba que las cosas nacen prestas a fenecer. Que por haber salido a la luz ya contienen en sus senos la marca del pecado, el sino de la abominación. Cuanto se arrastra por sobre la superficie de los mundos y cuanto se esconde en sus vientres o en el éter que circunda los globos, todo ser, en suma, ignora de dónde viene, por qué ha visto la luz, a causa de qué maldito designio se le ha forzado, en definitiva, a venir. La fiesta de los seres creados, para la que nadie ha recibido invitación, sólo el impacto de los hechos, gira en torno a un fantasmal sinsentido, una maldición aberrante. Pues los anfitriones, las Formas Primarias, ya han olvidado todo. Para qué la Fiesta, es algo que ni ellos mismos sabrán jamás contestar.
La depresión más feroz y anegada me invadió el alma, casi haciéndola desaparecer en el sepulto de pensamientos negros que este país de las Formas me ocasionaba.
Y de pronto, como por ensalmo, mis oscuras ensoñaciones callaron.
Lo sentí.
Un temblor, como de pisadas gigantes. Aun lejano y difuso. Pero se acercaba.
En efecto, venía algo hacia mí, algo ominoso y calmo. Una entidad de grandes dimensiones, un mundo en movimiento, una conciencia demasiadosolidificada y llena de... animadversión.
Otee en derredor. La llanura, sólo ahora me daba cuenta, palpitaba de una vida tenue, como si aquellas lejanas pisadas la hubieran hecho suspirar, sacándola de un eterno letargo.
Y la llanura silbaba.
Un bisbiseo. El canto del nido de serpientes. El maléfico susurro de obscenas oraciones de ofidio, eso fue lo que vino hacia mí en forma de sonidos.
Más cerca.
Más.
Yo no tenía dónde guarecerme. Rompí a correr en dirección contraria a la que, según mis cálculos, situaba la fuente de las ondas sonoras. Corrí hasta que el corazón sobresalía de mi pecho. Corrí cuanto puede correr el mensajero de una gran victoria. Cuanto corre quien ya está muerto por no morirse de terror.
Y el paisaje comenzó a cambiar. Las edificaciones globulares, los monolitos iridiscentes, las gigantescas madrigueras de diamante y jade, todo ya posaba ante mí. Seres inteligentes, sin duda ¿pero seres con misericordia?
Una voz me detuvo. Tras la voz, una imagen, quizá una proyección mental.
- Detén tus pasos. La Destrucción no te alcanzará en poblado.
- ¿Dónde me hallo? – Interrogué al instante.
La voz pareció reírse.
- Nosotros no sabemos nada de preguntas. Están en un poblado no éstas no existen.
Y de inmediato fui conducido, como en volandas, a una surte de burbuja cristalina y gaseosa, todo a la vez. Pensé que un tipo de plasma, muy dúctil y seguro, era el material constructivo para aquellas... “mentes”, pues ¿cómo llamar a unas criaturas a las que no me era dado ver directamente?
-- ¿Qué es la Destrucción¿? ¿Y quiénes sois vosotros? – Seguí, tercamente, preguntando.
Un coro de risas, que hasta entonces me habían pasado inadvertidas, dejaron mi ánimo profundamente pasmado y molesto.
-- Somos guerreros. Luchamos todo el tiempo y en todo lugar para poder crear...
-- Entonces ¡sois los Dioses!
El coro de risas fue aún más intenso y burlón. Pero esta vez pararon en seco. Un grito de alarma.
-- ¡ La Destrucción!
Todos sus pensamientos, quizá millones de mentes, se concentraron en este concepto. Sí, allí se estaba librando algo que, hasta entonces les había parecido inaudito a los Dioses. El temblor, a un tiempo material y anímico, hacía acto de presencia en el poblado, contra toda ley.
-- ¡A las Entrañas! ¡Huid todos a las Entrañas!
Pues, en efecto, las construcciones de plasma se transformaban de pronto en globos deshinchados, balones irregulares que escupían algo parecido a gases de colores y aliento de estrellas y centellas a punto de su extinción. El Agente de aquella acometida no me era visible. Los Dioses, en cambio, quizá sí pudieron percibir de alguna manera el horror. Y el horror divino debe de ser mayúsculo en comparación con el de un ser humano. Los gritos y la confusión lo llenaban todo. Y nos metimos a empellones dentro de las Entrañas de aquel mundo de Formas Primarias.
¿Y qué agudo contraste! ¿Qué sensación, de nuevo, tan indescriptible! Las rocas, las humedades, los restos de vida mineral y orgánica esparcidos por doquier. Este espacio de sombras, tan extraño, me era sin embargo más asequible. Aquí ya veía el rostro de algunos moradores. Había seres que quizá procedían de otros mundos. Algunos, pudiera ser, existirán eones más tarde. Otros eran ejemplares de razas que ya sólo son historia desde el punto de vista de nuestra ubicación espacio-temporal usual. Con todo, la mayoría de ellos era todavía inaccesible a mis órganos de sensibilidad.
Un viejo de barbas canosas, fuerte y con aire bondadoso, vestido con un largo sayal y capucha de extraña confección, se aproximó a mí:
- Vd. Ha huido la primera vez porque es Singer quien dirigía tus pasos. Esta segunda huida ya nada tiene que ver con su magia.
-¿Me conoce?- Casi gritaba mientras descendíamos escalones y más escalones. La cripta retumbaba. Yo diría que la feroz Destrucción penetraba ya en ella.
- Soy Palludi. Has seguido mi pista, pero ves que yo he tomado otros derroteros que Adolphus. El te ha hecho cruzar el umbral para dar conmigo y con el mundo de las Formas Primigenias. Llevas tiempo siendo juguete suyo. Pero, de momento, estás a salvo con nosotros.
-¿Qué pretende ese loco de Singer? Palludi: ¿a dónde quiere llegar...? A Vd... Eso está claro ¿no? ¿Quiere estar muerto?
El doctor Palludi, mientras descendíamos a las Entrañas a toda prisa me escrutó con sus ojos refulgentes
- No sabe qué significa estar muerto.
Y al llegar ante una gran meseta, a modo de balcón gigantesco sobre una grandiosa llanura, pude ver lo que verdaderamente significaba estar muerto.
Allí se retorcían sobre el cieno millones y millones de almas de todas las especies y razas inteligentes del universo.
Allí reconocí, por obra y gracia de una extraña capacidad telescópica, a mis seres más queridos, junto a algunos otros, simples conocidos. Allí vi el horror y el placer mezclados. Allí el dolor y la indiferenciación absoluta se unían en una masa amorfa, una síntesis horrenda, injusta, infernal. Andreas Palludi se reía como un loco al ver mi expresión.
-Cielo e infierno juntos, en una misma excursión... No se puede quejar.
Se reía desposeído de razón y sin medida. Brillaba en sus pupilas la anhelante impaciencia por unirse a todas aquellas almas y cuerpos en un cieno de disolución, de indiferenciación eternas.
Y el monstruo pesado, el titán feroz de la Destrucción venía detrás, pisándonos los talones. Las bóvedas ya comenzaban a desplomarse. El terremoto agitaba aquel averno macilento, sucio, indecente. La creación era, toda ella, una inmensa y mayúscula indecencia, una broma pesada a la que nada ni nadie podrá jamás escapar. Veía que las almas y las formas primigenias se zambullían en aquel horrendo pantano de postración. Poco antes, habían sido sutiles formas generadoras. Ahora no constituían sino materia prima para la confusión.
Quise morirme, pero una lógica aplastante me decía que, a todos los efectos, yo ya estaba muerto. Y la Destrucción ya abría grandes boquetes en el granito que había a mis espaldas. Su relinchar, su piafar, sus mugidos multiplicados por ecos y lamentos enloquecedores...todo ello me dejaba bloqueado, absorto, incapaz de dar un paso.
Palludi reía y me miraba como un fanático, ajeno a la condición humana.
-- ¿No quiere enterarse? ¡ Estás muerto, hijo de perra! Eres un asqueroso cadáver, alimento para cadáveres.
No pude soportar mi impulso. Le empujé hacia la sopa de almas reptantes, hacia el barro de la Disolución. En su caída, docenas de seres fueron arrastrados hacia la masa pulposa, sombría, infecta. Todos lo deseaban.
Entonces, sólo entonces, se me ocurrió una idea que me sacó del marasmo. Dar la vuelta. Hacer frente a la Destrucción, contemplarla cara a cara ¿Qué habría peor que la Muerte, peor que esta Muerte?
Y allí estaba él, Adolphus J. Singer, horriblemente impregnado por los rasgos del monstruo caótico. Me había seguido, yo fui su cebo. Pero él se había asimilado de unas formas inestables, proteicas, ya nada humanas. Ahora me las vería con él. Un infierno dentro de los infiernos. El verdadero vórtice del no ser.
Tyndalos
COMENTARIOS:

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#2
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#1
Digna continuación de esta magnífica historia maese Tyndalos. Gracias por regalarnos este manuscrito de horrores arcanos.

