* EN LOS ABISMOS DEL ESPACIO. EN EL ABISMO DEL TIEMPO (por Tyndalos)
Mi más profundo agradecimiento a Eulogio García “Henry Armitage” y demás cofrades de "La Nueva Logia del Tentáculo", con quienes “Tyndalos” ha compartido todos estos terrores. Y, muy en especial, a la memoria de Jose María Prósper "Joseph Curwen", noble figura y gran compañero, cuyo recuerdo será imperecedero.

I
parqué el coche y restregué mis ojos contra la oscuridad. Las finas gotas de la niebla venían a morir contra la luna de cristal. Nada hecho por el hombre se dejaba ver, y apenas el motor rugiente de mi auto delataba que vivíamos en un mundo de inventos. Apagué incluso ese impertinente ruido, ya cada vez más quejumbroso, a punto de calarse. El seguro de las puertas permanecía cerrado, pero eso no era garantía de nada. Las lunas de la puerta ¡parecían tan frágiles! Los aros de luz amarilla se extinguieron. Quienes tomaran registro de mi presencia ya deberían haberlo hecho hace rato. Expuesto me quedaba yo a sus reacciones. No tenía sentido volverse atrás. A eso había venido: a precipitarme hacia una noche muy oscura. La noche de todas las oscuridades. La fuente de la que manan. El abismo de sus retornos.
La cancela, abierta de par en par, ya se había quedado un kilómetro atrás. Hipócritamente, invitaba a pasar a un mundo recóndito que no admitía extraños. “Extraño” pensé para mí. Un concepto relativo, como todos los que nos hacemos los hombres. Estúpida raza, que alza sus obras creyéndose sola ante Dios. Tarde habíamos de darle la razón a los antiguos. Dioses, dioses hay muchos, y sin embargo el hombre está mucho más solo de lo que al cristiano le gustaría suponer.
¡Qué plantas enfermas y mal cuidadas! Vegetación malsana y árboles de copa desproporcionada. Todo olía a miasma. Los pantanos del Sur me habían recordado ese mismo hedor. Dos años en el Servicio de Protección del Mundo Natural. Dos años aprendiendo entre reptiles antropófagos y salvajes que también lo eran. Eso había sido en una vida anterior, como si dijéramos. Después, en el Museo de Historia Natural, había aprendido todo lo que racionalmente se podía saber acerca de aquellos misteriosos esqueletos, mitad humanos mitad reptiles que el Doctor Hawthorne había tratado, en vano, de mantener en secreto. Los huesos robados, mi viaje al Tíbet siguiendo vagas pistas, la recuperación parcial de algunos de ellos y la confirmación, en Ratisbona, de su naturaleza no terrestre... Pero ¡qué lejos quedaba toda esa historia! Y ahora, el olor a pantano mefítico me lo devolvía a la conciencia.
Abrí la portezuela. Cada ruido metálico me parecía una profanación. Yo era un habitante de un tiempo en brutal disonancia con todo cuanto me rodeaba. Violación sonora que también provocaban mis botas sobre una gravilla dominada fieramente por malezas y plantas trepadoras, que sabían fundir el suelo con las verticales. Apenas se distinguían las estatuas de faunos y ángeles. El mármol mismo se había vuelto verdoso, y las pequeñas construcciones, templetes o casetas de jardinería, parecían de lejos templos arcaicos vencidos por la selva. Creo que en la noche había muchos ojos. Los insectos y las pequeñas alimañas guardaban un silencio de paz y de muertos. Trataban de ayudar a que otras fuerzas llenas de alarma y recelo vigilaran mi intrusión.
Tras un bosquecillo de arbustos y robles carcomidos divisé la mansión. Flattering Curse. La lápida con su irritante nombre, y aquellos versos en latín, aún más difíciles de soportar, me alejaron unos segundos de la noche, sus ojos, sus fuerzas siempre vigilantes. Los traduje sobre la marcha:
El país donde moran los dioses
No es ninguna pradera de ricas flores:
Su pasto es carne de santos y nobles varones,
Su néctar es sangre de niños y vírgenes,
El Olimpo es una cumbre de hedor y vísceras.
Tan alta llega la infamia divina
Que sólo los más necios la soportan a duras penas
Adorando a los demonios nocturnos.
La negrura es justa cuando extiende su manto
Sobre el crimen y la abominación
Y en su noche todo lo confunde
En una renovada santidad
Versos similares me había encontrado en los últimos años. Toda una literatura necrófila guardaba polvo en las mejores universidades y bibliotecas del mundo civilizado. En griego, en hebreo y arameo, en sánscrito... pero también en las recientes runas descifradas por Van Hoeffen. En copto, siríaco, turkmeno, eslavo medieval y en diversos dialectos beréberes. Siempre los mismos temas. Imágenes horribles y deprimentes. Escenas de dolor, sangre y festín caníbal. Impiedad sin límites. Ateísmo sin ciencia ni sucedáneo de religión. Triunfo del dolor, la tortura, el mal y el demonio. ¿Cómo hemos estado tan locos los “hombres cultivados”? Teníamos a nuestro propio alcance el cordón de unión con el submundo, el auténtico infierno, y nadie quiso tirar de él. Conspiración de eruditos, cobardía y repulsión. Todo se junta para apartar de nuestras bocas este amargo cáliz.
Pero las pistas me habían conducido, por fin, a Flattering Curse. Mi agenda consignaba estos datos:
“Alzada en 1689. En un principio, fue mansión de la familia van Heollen, según consta en los registros del condado. Nombre probablemente falso. Emigrantes holandeses o, más probablemente daneses. Rigoristas religiosos, habían embarcado desde el viejo mundo acusados de crímenes contra Dios y el hombre. El fundador del linaje en América, Eric van Heollen mandó alzar la casa, y en ella fue apresado y ejecutado por las milicias, acusado de practicar brujería.
Cerrada durante más de un siglo, en sus sótanos se practicaron diversas detenciones a extranjeros, al parecer miembros de una extraña secta. Los periódicos locales hablaban, entre 1830 y 1876, de cultos diversos de tipo oriental y demonológico. Ninguna fuente de esa época ofrece detalles sobre este punto. Jamás se facilita la identidad de los celebrantes. Las monstruosidades no son descritas de manera explícita. La casa siempre ha tenido propietarios, pero su responsabilidad siempre ha quedado al margen de estos turbios hechos.
Periodo de 1937-1969: habitada por Adolphus J. Singer, coleccionista de antigüedades, poeta y autor - en otros tiempos- de libros de teosofía, retirado desde principios de los años treinta de toda actividad hasta su (presunta) muerte en 1969. Desaparecido en extrañas circunstancias, la policía federal ha descubierto en una caja fuerte suiza, oscuras conexiones de Singer con el movimiento nazi, dentro y fuera de Alemania, contactos que se pueden rastrear hasta 1967 con dirigentes de este signo en el exilio. La casa vuelve a estar deshabitada desde octubre de la última fecha.”
II.
Allí se alzaba. Una torre grisácea, de elevada techumbre. Vigas enormes, voladizas. Rematadas en gárgolas talladas con extraño arte. El estilo “George” se exageraba de manera tal, que esta construcción más bien parecía una pagoda oriental. Un trisquel de formas rechonchas, rematado barrocamente en su perfil con dragones que se devoraban entre sí, recordaba sin duda los mandalasorientales. El tema de la serpiente Uroborosse representaba por los frisos que adornaban muchos dinteles y zócalos. Los marcos de madera desvencijada habían reventado heridos de vejez. Ningún cristal. Y de la negrura interior parecía provenir un viento, una hedionda emanación. Solo frío y muerte habitaban esta enorme tumba. A mis espaldas, las fuerzas de la noche susurraban amenazas: “No es tu casa”, “no es tu casa”, “vete de aquí, y huye lejos”. Cómo introducían sus mensajes en mi cabeza es algo que no sé. No puedo explicármelo. “Huye lejos”. Mil y una veces escuchaba esas palabras.
La fachada principal disimulaba muy mal sus pretensiones de decencia neoclásica. El proyecto inicial había sido, sin duda, construir una inhóspita fortaleza medieval. A juzgar por el tamaño de algunos bloques, el estilo de ciertos muros era ciclópeo y rudo. ¿Qué brazos humanos y qué sistema de palancas habrían podido mover estos bloques, solo aptos para titanes?
La puerta principal. Delante de mí, también se me ofrecía abierta de par en par. La aldaba, con el tema del Dragón urobórico que tanto se repetía en este lugar (¿quizás un emblema de los van Hoellen?), era el único tropiezo posible, tendida en el suelo, enorme masa de bronce. La esquivé con facilidad y crucé el umbral. Un vestíbulo enorme se intuía entre las sombras. En mi bolsillo interior del traje llevaba una linterna portátil. Más frases enigmáticas, escritas en diversas lenguas, muertas y modernas. El mosaico reproducía la misma idea. No parecía muy viejo. Quizá el fascista ese de Singer fuera quien lo mandó poner. El loco poeta de la “generación de Providence”, irónicamente, él, que no admitía visitas:
Para entrar aquí, tu nombre será Nadie.
Nadie: entras en el reino de ninguna parte.
No podía sospechar el verdadero alcance de ese vaticinio. En qué gruta me enterraba, era algo que no podía saber. Pequeño me sentía bajo unos enormes artesonados que volaban en el cielo del portal. Columnas salomónicas, no sé si de mármol negro o talladas en una rara madera. Olor a humedad. Salitre putrefacto, peste de naufragio en que se mezclaba el aroma macabro de los cadáveres marinos y la madera hinchada de océano viejo. No semejaba ser una casa, una vieja mansión señorial alzada por los padres de la nación. No. Los pioneros eran en realidad unos recién llegados. Las grutas marinas son más antiguas que el primer hombre. Me hallaba en el mismo palacio de Calipso, pensé para mí. FlatteringCurse se encontraba a unas setenta millas de la costa y, sin embrago, algún extraño conducto debía ponerla en presencia de sus oscuras entrañas. De no ser así: ¿por qué ese ruido, como de fondo marino agitado? Y el olor: ¿cómo explicar ese sofocante suspiro de algas, sal, en definitiva, vapores del abismo? En el exterior, el ambiente era el habitual de los pantanos sureños. Tampoco se podía explicar que en el clima de Nueva Inglaterra, frío y ventoso, pudiera darse aquel microclima sofocante. Pero en el interior de la mansión el mar mismo había devenido pantano. Imaginé que el océano había estancado sus ciclos, y sobre su base de fango se había detenido la vida. Una evolución estancada, un miasma de milenios: eso representaba para mí Flattering Curse.
III
¡Qué largo camino para llegar aquí! Hasta que había dado con la extraña figura de Adolphus Singer, todo había sido dar palos de ciego. En el Tíbet obtuve las primeras referencias. Un extranjero había comprado los huesos. Aquellos monjes tántricos, ajenos a cualquier comunidad conocida, eran tipos muy reservados. Hube de acompañarles a sus mismos sótanos para comprobar cuánto horror escondían en sus remotos monasterios. Sólo unos pocos de entre ellos eran Custodios. Apenas un puñado de los mismos se destinaba a la más antigua magia, y a los rituales antropofágicos. Siglos de ceremonias. Esqueletos acumulados. Pero no sólo de hombres o animales conocidos por la ciencia oficial. El “hombre-lagarto”, como le bautizaron en su lengua, se encontraba allí. Cuánto oro les ofreció Singer es algo que jamás se sabrá. La pista de los huesos se sigue en el Azerbayán. Después, Zurich. Alguien –que sigue los talones a Singer a lo largo de toda su peripecia- los intercepta en la frontera suiza. El rastro de Singer se pierde por algunos meses. Este reaparece en América, sorprendido por la justicia. Se habla de una supuesta vinculación con ciertos escándalos: drogas, orgías, extraños cultos orientales. El esqueleto del permixtium, se exhibe en Ratisbona durante cuatro días. El atentado que sufre aquella Universidad no puede ser una simple fatalidad. Sigue habiendo alguien–o algo- interesados en que esta rareza se oculte a la opinión pública. Al entrevistarme con los paleontólogos europeos que pudieron ver el esqueleto, la unanimidad es total... y espantosa. Es una criatura moderna. Semejante monstruo no es un experimento arcaico de la evolución: de fósil no tiene nada. Seres como esos pueden habitar nuestro mundo. El comité que examinó al ser en Ratisbona va desapareciendo misteriosamente. Accidentes fortuitos, suicidios. El director científico, el Dr. Andreas Palludi vive ahora en una casa para alienados: estado catatónico, incapaz de articular palabra. Robé los papeles del anciano profesor. Palludi escribía en un alemán rudo, seco, pero en ocasiones vibrante. Su diario parecía confeccionado sólo para sí mismo. Muchos párrafos estaban cifrados. Pero en un margen del diario, Palludi escribe: “A.J.S vino a verme a mi gabinete. Estaba como poseído por el diablo. Tras las amenazas de costumbre, dio las señas para su localización. Su gente haría saber de mí”. Y las señas eran Nueva Inglaterra, en el condado de Ph. En medio de un bosque de robles milenarios. La propiedad, con el raro nombre de Flattering Curse, me estaba esperando.
En Providence, donde me instalara la noche anterior, nadie había oído hablar de aquel tipo. Claro que mis averiguaciones tan sólo se prolongaron dos días. A mis espaldas, un largo viaje hasta Nueva York. Una breve parada en Boston, y otra visita a mi universidad, en Arkham. En la ciudad de Providence, todo el mundo me pareció muy reservado. Mis pasos habían sido vigilados muy de cerca por alguien con el rostro vendado... quizá fuera un hombre ataviado con un turbante. El registro de la propiedad era parco acerca de la historia de esa finca. Parecía como si jamás se hubiera vendido en siglos. Singer era inexistente en todo el Estado a efectos civiles. Cuando la prensa sacaba a luz alguna de sus extravagancias, parecía como si tuviera por norma desarrollar siempre su actividad al margen de Flattering Curse. Luego, este debía ser un centro vital de este misterio...
IV.
Algo se mueve. Pasitos cortos. ¿Un niño? Un animal ágil, menudo, astuto... Sí, astuto. Casi puedo percibir su jadeo. Está muy cerca, o quizá sea efecto de un eco. ¿Silba? Se siente un silbido. Es como el de la serpiente. No. Error. Ese sonido parece más bien el de las cintas de grabación cuando se hacen correr muy deprisa. Y ¿ahora? Ahora es el regurgitar. Dios mío. Se oye, allá al fondo, en el salón, el ruido manso de un rumiante, o alguna criatura por el estilo. La linterna sólo me muestra un mundo al alcance. Bustos de extraños personajes de mármol, esculpidos en todas las épocas. El fresco desvaído de un Pantócrator con cornamenta. La araña de cristal, enorme en el techo, que parece ondularse por ese viento que brota de no sé qué lejana gruta interior a la casa. Y en el suelo. ¡No me había fijado en esta enorme cantidad de gusanos!
Sigo avanzando. No: en el salón central no hay nadie, quiero decir, nadavivo. De nuevo recordé la advertencia del mosaico:
Para entrar aquí, tu nombre será Nadie.
Nadie: entras en el reino de ninguna parte.
Una alfombra enorme, a mis pies, parecía un montón de trizas. Las ratas u otros seres hambrientos se habían despachado a gusto con ella. La gran escalinata se perdía entre las sombras de los pisos superiores. Varias puertas entreabiertas comunicaban con negruras laberínticas. En mi cabeza se amontonaban imágenes. La niñez. Mi vida en familia, cuando todavía era una criatura feliz. ¿Por qué no echaba a correr? En el interior del coche estaría en cuestión de segundos. Y el motor no iba a fallar. Casi nunca me había dejado tirado en ninguna parte. Sálvate, me dije. Pero otro yo salió a mi encuentro. Y mientras tanto, examinaba unos restos viscosos que manchaban todo el pavimento. El otro yo me dijo: te están induciendo estas ideas para que no sigas. No quieren que sepas la Verdad. La Verdad: esa es una idea loca que ha echado a perder mi vida. A todo había renunciado por esa mala compañera. La convicción de vivir en un cosmos loco, lleno de estupidez, maldad y ceguera, se había apoderado lentamente de mi espíritu. No hay salvación, me decía todas las noches. El conocimiento no es la vía de escape para un hombre sano. No hacemos más que fundirnos en el fango, vivir una pesadilla continua, convertirnos en fantasma. “Huye”. Pero algo me decía que estas voces interiores venían de la casa. Era la misma Flattering Curse susurrando a mis oídos. Además, si era cierto que ninguna clase de salvación espera a la humanidad, y que yo mismo había aniquilado la vida sembrando necedades y locuras en mi cerebro, había que poner fin a ella. Quizá esta fuera la Verdad: Nadie. Las sombras compiten entre sí, luchan por absorber sombras más débiles.
Me lancé hacia delante. Subí la escalinata. Sinuosa, construida con majestad en sus intenciones. El mármol, muy gastado, exhibía por doquier montañitas de... eran como algas marinas. ¡Y muy frescas! Una casa a tantas millas de la costa. ¿Qué motivo absurdo podría explicar este hallazgo?. Las algas eran resbaladizas, así que me agarré a un pasamanos, por cierto, quebradizo. Después opté por la pared. El salón ya quedaba abajo, tragado por unas tinieblas feroces. “Las sombras que devoran más sombras”. Me hallaba en “Ninguna parte”, y el rumor de un mar lejano iba en aumento. En el rellano pude observar unos grumos sobresalientes entre los montones de material orgánico. Parecían saltar, como las burbujas de una marmita en ebullición. El silbido, quizá emitido por alguna clase de ofidio, se mezclaba ahora con una especie de tono grave, pero de cantarina cadencia. Extraña música la de este casa. Era como si la peor poesía del mundo orgánico se hubiera concentrado enfermizamente en una mansión hecha por el hombre. ¿Hombres? ¿De veras algún pionero del siglo XVII, algún tozudo gañán rubio, puritano y supersticioso, un ser vulgar y corriente, un paria del Viejo Mundo, había concebido el plan de alzar una casa como esta? Esta mampostería imposible, unos muros más ciclópeos que los de Micenas, burdamente disimulados con estilo neoclásico y la moda georgiana. ¿Era este un sitio destinado a que lo habitaran hombres? A mis pies, la materia viscosa y ventrudos gusanos iban alfombrando todos y cada uno de los escalones. Ya apenas quedaba superficie lisa. El miedo a caerme, a quedar impedido en mis movimientos en el seno de un antro semejante me hizo sudar en torrentes que bañaron mi piel, tensa, erizada, feroz por efecto del miedo. Todo mi yo se había reconcentrado ahora en descargar algún golpe defensivo. Desde cualquier cortina de negrura esperaba recibir un ataque. Pero ¿cómo? Ni siquiera había traído un revólver. Confiaba en haberme topado con los hombres de Singer. Ellos me habrían cacheado a la entrada. Esperaba vencer a ese loco por otros medios. Pero aquí no son los miembros de una secta quienes me aguardan. Este no es un simple templete para los satanistas. Parece más bien un acceso a un submundo sofocante y húmedo, el vientre de toda la realidad. Nunca había sospechado que encontraría, y de qué modo, la Verdad. La verdad era, qué irónico, muy profunda. El mundo civilizado cree construir sus principios sobre bases sólidas. Cada logro, cada institución, cada progreso que emprende la ciencia y la técnica, todo se ve sacudido de pronto por algún terremoto de índole moral. Entonces, sólo entonces, recordamos que el mal habita en nosotros mismos. La médula con que se hizo el hombre contiene un veneno que sólo pudo tener orígenes muy antiguos. Viejos eones, que la ciencia aún no sabe contar, fueron testigos de una invasión que manchó para siempre la progenie terrestre. El germen del mal, en un mundo joven, inicialmente neutro en lo que se refiere a todo tipo de consideración moral, ha de buscarse en una “caída” que las más extrañas criaturas protagonizaron, y que apenas se ha registrado en mitologías arcaicas y en la memoria colectiva de los pueblos más salvajes. Cuando ellosvinieron, los ancestros del hombre aún poseían modos marinos de vida. La vida sólo se agitaba en las profundidades, y la luz solar apenas era un pálido reflejo que unos ojos semiciegos, diseñados para la monótona oscuridad, percibían torpemente como su destino. En nuestros ancestros el destino de las estrellas se imprimió lentamente en sus almas frías y acuosas. Un cerebro de pez comenzó a orientarse levemente hacia la superficie. Ya sabía la criatura marina cuál era su procedencia. De lo más alto, de las estrellas de las que procedía y que habían fundido en la fragua de sus núcleos incandescentes la esencia de sus átomos. Pero en ellos residía también el germen maligno. Nuestros ancestros procedían de restos y semillas demoníacas... Había encontrado estas claves en un desconocido libro de Singer, publicado en los años 30: La enfermedad estelar. Este ocultista, radical, perturbado y poco recomendable como persona, había confesado estar bajo la inspiración de H.P. Lovecraft. Según decía en el prólogo, Singer decía que su compatriota debía ser considerado “de forma literal” y que sus obras literarias “no eran simple producto de un cerebro dado a las fantasías”.
Ya estoy en la primera planta. Me llaman.
V
Imposible sería entrar en descripciones de esa llamada. No fueron palabras lo que yo sentí en mi mente. Más bien se trató de una sucesión de imágenes, confusas en sus contenidos pero de una intensidad muy superior a las que me habían transmitido en la planta baja. No quieren alejarme. Se ve que he pasado favorablemente la prueba de valor. Muchas habitaciones oscuras ante mí. El silbido incesante de los ofidios. El suelo, cada vez más difícil de pisar sin caerse. La masa viscosa de algas me llega hasta los tobillos. Algunas se enroscan, dotadas de una movilidad desconocida en el reino vegetal. Dios. Dios. En mi tobillo izquierdo una pequeña maraña ya ha trenzado su nudo. Debo avanzar, buscar algún claro en el suelo. Estoy a tiempo de correr escaleras abajo. Pero quien tenga que salir, saldrá de cualquiera de las muchas puertas que en la casa existen. He llegado lo bastante lejos. Las algas... ¡Pero si algunas parecen manos verdes y pardas! Las algas se van volviendo más agitadas en el centro de la estancia. Enfocando el haz de luz hacia las paredes, allí veo ciertos retratos apolillados de hombres con gesto duro, puritanos de misteriosa y refinada crueldad. Los muebles, completamente arruinados bajo la masa orgánica, semejaban cadáveres en proceso de putrefacción. Salgo de esta habitación. Todo el primer piso ofrece un panorama semejante. Ni una sola pista referida a Adolphus J. Singer. Penosamente decido bajar de allí y renunciar a la inspección del ático y las buhardillas. Lo que yo busco tiene que hallarse en las profundidades. Toda la “vida” de la casa debía haber sido vomitada por ellas. Me dirigí, escaleras abajo, al sótano.
El hallazgo de la puerta de acceso al sótano fue cosa difícil. Toda la planta baja era una especie de semicírculo lleno de bocas que emitían, por largos pasillos, en todas las direcciones, a nuevos espacios, casi todos ellos cerrados herméticamente. A medida que los inspeccionaba, se me hacía claro el motivo de mi búsqueda de la cripta inferior. La clave residía en unas palabras del diario de Palludi. El anciano había escrito: “Singer me aseguraba disponer de una extensa colección de esqueletos completos en un lugar subterráneo, fuera del alcance de los curiosos”. Andreas Palludi no parecía haber visitado nunca este lugar. Pero sus tratos con un tipo peligroso como Singer, me hacían pensar que este científico, eminente en su campo, no debía ser trigo limpio. El curioso era yo, un paleontólogo y zoólogo que, tras muchos devaneos siguiendo la pista de un permixtium, estaba por fin descubriendo que la historia de la tierra era del todo diferente. No ya sólo era cierto que esos seres, entre lagartos y hombres, aún vivían y poblaban ciertas regiones del orbe. De forma enloquecedora, las demás ideas de la secta de Singer parecían ciertas. Divulgadas solo en ciertos círculos de ocultistas, ahora se me presentaban como verdaderas revelaciones, datos a los que la ciencia deberá rendirse algún día. ¿Quién? ¿Quiénes sois?
Pero no me hablaron telepáticamente durante mucho tiempo. Unas formas de luz reverberante se hicieron notar al final de uno de los largos corredores.
Estás muy cerca.
Cerca.
Muy cerca.
Muy, muy cerca.
Ven.
Quieres saber.
No nos temas, y ven.
Sigue a las luces.
Ellas te conducirán.
Por aquí.
Es por aquí.
Mi grado de locura era lo bastante elevado como para no hacerles caso. A mis pies, tras una larga carrera (¡la mansión era enorme!) se abría un cuadrado de luz difusa. Allá abajo había un fuego o una lámpara. Para llegar a él, unas escaleras de corto peldaño, muy viejas y gastadas, también llenas de algas y gusanos, parecía conducirme al vientre de la misma Madre Tierra. Ya dejé de percibir luces errantes o voces de alguna clase. Pero, a ratos, masas ciclópeas parecían desplazarse sobre mi cabeza. Me aterraba pensar qué clase de seres podían desarrollar esa fuerza. Qué podrían estar haciendo unos verdaderos gigantes allá arriba era un pensamiento espantoso para mí. La empinada escalera, que también daba alguna vuelta en forma helicoidal de vez en cuando, moría por fin en una amplia estancia, todavía más fangosa que cualquiera de cuantas había visitado antes en la parte de arriba. Mi cuerpo estaba ya casi cubierto de esa substancia verde o pardusca, a excepción de la cara, que frenéticamente limpiaba con la mano. La luz al fondo del sótano se me hacía más enigmática. Era como un sol cautivo en las profundidades. Allí se había secuestrado la luz del día y se la mantenía confinada en las mazmorras del Hades, para que la vida muriera para siempre de una tristeza infinita.
Cajas y más cajas. Recubiertas por unos seres tentaculares, que emitían silbidos. Así que aquella era la fuente del bisbiseo parecido al de un nido de serpientes. Yo diría que parecían pulpos evolucionados hacia una forma algo más terrestre y, sin embargo, adaptada a aquella extrema humedad. Pues, en efecto, las paredes rezumaban, y miles de hilos acuosos descendían por ellas y hacían llegar su jugo a los botones terminales de aquellas criaturas, que libaban sin cesar. Una de ellas me rodeó con su cuello. Horror y asco: su pretensión no era precisamente la de atacarme. Me zafé de ella como pude. ¿Cuántas criaturas híbridas no existirían en el subsuelo? ¿Acaso mi permixtium no sería sino un caso entre muchos de una muy vieja y persistente cópula contra natura?
Una vez que rechazara los embates de los tentáculos más insistentes, entre aquella maraña que de pies a cabeza me envolvía, avancé hacia un montón de cajas apiladas. Sus dimensiones doblaban la altura de un cuerpo humano. Tachones de hierro muy antiguo las mantenían cerradas con eficacia, pero la labor de ciertos roedores, o quién sabe si algunas termitas gigantescas, habían probado con sus mandíbulas contra una madera hinchada y llena de nervios. Aproximando la linterna hacia aquellas aberturas pude comprobar que las cajas no estaban vacías. Unos ecos agitados se dejaban oír desde sus entrañas. Dios mío. ¡Qué ignorante es la zoología de nuestro tiempo! ¡Qué loca la idea de poder afinar nuestro intelecto hasta llegar a conocer cada uno de los seres que nuestro mísero planeta todavía alberga! De una de las heridas de la madera asomó un ojo. Mi sobresalto me tiró hacia atrás. La vista de los cefalópodos, o lo que fueran, ya no me producía el mismo terror. Sabía que estos moradores del sótano se reproducirían con facilidad en aquel ambiente millonario en eones. El sótano de la mansión no era sino el umbral de una tierra muy antigua. Cuando la vida era demasiado joven en el planeta y se dieron cruces horrendos con seres procedentes de las antípodas de la galaxia. Las ideas del poeta y teósofo, ese bastardo de Singer, a quien el propio Lovecraft calificó de demente y racista estúpido, se confirmaban. Allí estaría el permixtium. ¡Vivo! La bestia prehumana, el reptil inteligente que había infestado las costas de cuatro continentes y había decidido pactar con sus ancestros más diabólicos para transmitir sus células germinales a un pequeño mamífero roedor, contemporáneo de los dinosaurios. Millones de años de evolución, eso sí, dirigida y consciente, me contemplaban. Ellos, que venían en realidad de una progenie mucho más remota, habían interpuesto sus designios en el curso natural de las cosas. Qué expresión de fría inteligencia emanaba de aquella pupila de serpiente. Quizá la concupiscencia más feroz inundaba su cerebro con humores dormidos desde hacía millones de eras. Una emisión gutural profunda indicaba de manera suficiente la gran vitalidad de aquella criatura encerrada durante toda una eternidad. Singer encerraba a sus mascotas. ¿De qué modo podía alimentarlas? Y si no hacía tal cosa con ellas, ¿era imaginable una especie de letargo, una animación suspendida durante millones de años? Pero ¿qué pretende lograr mi loca racionalidad buscando explicaciones a todo esto?
Las cajas se agitaban. Quizá el sutil olfato de aquellas bestias ya había detectado mi presencia. Una vida diferente a la de los seres tentaculares, muy distinta a la de las algas marinas y los gusanos ventrudos que allí había esparcidos por el suelo. Esa vida era yo. Un bocado apetitoso. Una posibilidad para copular y perpetuar su raza inmunda en el presente. Pero mis pensamientos, meras ráfagas que duraban apenas un segundo, se vieron interrumpidos por un estruendo terrible que creí situar al fondo de la estancia del sótano. Dejé a mi espalda la pila de cajas, aun temiendo que se abrieran todas de golpe y los hombres-lagarto me cortaran toda huida. Huir.Qué apego a la vida. ¿De qué me serviría huir si toda aquella casa parecía un infierno, cuyos diablos me detendrían en cualquier instante? ¿Qué iba a hacer yo en este lugar, si una extraña voluntad no deseara mostrármelo? Ese ruido.
Al avanzar hacia el fondo de la estancia, y gozar de una vista más habituada a las tinieblas, comprobé que había allí un vano en forma de tosco triángulo. Se diría que había sido tallado, y a juzgar por las inscripciones que lo bordeaban, como una ruda cenefa cincelada, era mucho más antiguo que cualquier otro rasgo arquitectónico visto por mí en Flattering Curse, por lo menos hasta el momento. La luz procedía de aquel vano. Extraña incandescencia, que llegaba de forma pálida hasta la misma parte de arriba. Un sol, quizá un astro azul, encerrado en una cripta. Dispuesto, en mi demencia, a cruzar el umbral e internarme más aún, observé con espanto que esa pálida luz azulada, de manera repentina, se ensombrecía. Sin duda era el efecto de un cuerpo opaco que se había interpuesto a su fuente. Un cuerpo enorme, de lentos andares, que al bambolearse daba y robaba esa extraña claridad. El ser que venía hacia mí emitió un mugido. Me lo imaginé entonces como una manada de mamuts concentrada en una sola garganta. El eco granítico de la cripta acentuaba su ferocidad. Era el mugido más atroz que imaginar se pueda. El ser ya estaba muy cerca. No podría caber por el dintel, a no ser que su fuerza descomunal lo destrozara, quizá haciendo caer la casa. Aunque bien mirado, yo había descendido a bastante profundidad.
No pude contenerme y asomé mi cara por la abertura. La linterna me ofreció la vista de una rampa ancha, pronunciada, una digna bajada a los abismos infernales. El ser mugía cada vez más cerca. El suelo, como protestando por el abuso de toneladas que se le venían encima, trepidaba y casi me hacía perder el equilibrio. Caminé hacia delante. El ser gigantesco de las profundidades podría olerme en cuestión de instantes. En realidad yo pensaba que ya había notado mi presencia. Otro mugido. Esta vez unas alas informes alzaron su vuelo desde orificios y angulosidades que debía haber en el techo de la cripta, y que mi linterna no alcanzaba a desnudar. Noté como una de esas criaturas volátiles restregaba su cuerpo sobre mi cara. Una baba dulzarrona y urticante afectó de inmediato mi cutis. Fugazmente, la linterna reveló el aspecto de uno de esas criaturas que, inicialmente, tomaba por murciélagos. Su aspecto no podía ser más diverso: aunque carentes de ojos, y con alas vagamente dactiliformes, eran en realidad una especie de gusanos bicéfalos, con bocas desproporcionadas y lenguas en forma de tornillo alargado que plegaban y sacaban a toda velocidad, con fines para mí desconocidos. Pero eran huidizos y no me presentaron batalla. Yo bajaba la rampa. El submundo seguía temblando, pero el monstruo de grandes dimensiones había dejado de rugir. Ahora mi corazón brincaba de nuevo, pero no por lo que tenía delante. Era más bien por la presencia que a mis espaldas podía detectar. Unos pasos palmípedos. Unos pasos horrendos y de nuevo el silbido de ofidio que tantas náuseas me provocaba. Giré el torso. Allí estaba uno de ellos. El permixtium, el fósil viviente que me había traído de cabeza en su búsqueda por todo el mundo. Uno de ellos había roto las barreras de su prisión y venía a mí. Enfoqué su rostro con la linterna, y de inmediato cubrió la cara con sus garras de varano. Lo vi bien. Era cierto que una faz vagamente humana, una cierta expresión de inteligencia iluminaba aquella cara. Pero qué asco y terror inspiraba al mismo tiempo. Un gigante de casi dos metros y medio, cargado hasta arriba de los tentáculos y bocas de aquellos extraños seres que, por fin, podía relacionar con los hombres-lagarto. Una especie de simbiosis o, quién sabe, parasitismo, les ligaba desde la eternidad. El lagarto bípedo se alimentaba de la viscosidad de los cefalópodos o, a la inversa. Puede que en lugar de una función nutricia, estuvieran acoplándose sexualmente, quién sabe. Todas mis hipótesis se derrumbaban rápidamente. Mi mente era febril: muy productiva, pero poco sólida y pasajera. El bípedo reptil abrió la boca, y quiso iniciar una especie de comunicación. Me recordaban los cantos que, a base de chasquidos de lengua y frotaciones bruscas con los labios, emitían ciertos pueblos africanos en sus ceremonias tradicionales. Era algo así, pero a una velocidad que ningún aparato humano de fonación podría reproducir jamás. Tuve la intuición de que pretendía engañarme. Los músculos de sus patas se hallaban prestos para un ataque. Inicié de pronto la carrera hacia abajo. Mi situación era desesperada. Aquel reptil me seguía los talones, y su velocidad no era desdeñable, y alguna criatura más terrible aún, me aguardaba enfrente.
Corrí, corrí cuanto pude. Y la rampa me ayudaba a precipitarme de forma enloquecida. Notaba que el musgo o el alga estaba desapareciendo, y que el riesgo de hacer traspiés disminuía. Al final, la rampa dio a su término en una especie de estanque interior, cenagoso y humeante. No había forma de bordearlo. La profundidad de aquel magma podría ser enorme. El efecto de aquellas substancias flotantes, letal. Los seres que debía albergar en su seno, horribles. Pero el lagarto bípedo ya se acercaba a mis espaldas. Giré la cabeza. Sibilante hasta unos extremos ensordecedores, por lo que parecían ser sus orificios nasales sobresalía un humo azufrado y en esos fríos ojos, una inyección de sangre los volvía horriblemente coléricos. Todo eso lo pude percibir en una fracción de segundo, suficiente visión que me llevó a saltar de inmediato sobre el estanque fangoso, tras quitarme los zapatos en un instante, mientras ponía la linterna en mi boca. Mi cuerpo tomó contacto con el limo, y su calor dulzón y viscoso me dañó de inmediato ojos, oídos y demás terminaciones sensoriales. Ya no pude oír más los silbidos del lagarto. Nadé y nadé lejos de aquella orilla. Por instinto me dirigía a la de enfrente, esperando haber cortado el paso a semejante bestia. Pero a mitad de mi travesía noté que el reptil erguido había adoptado ahora forma de caimán, y con prodigiosa celeridad nadaba hacia mí. Y como retaguardia, los tentáculos de aquellos seres simbióticos también obedecían una misma orden, como si idéntica conciencia animara a cuerpos separados y bien distintos. Algunos brazos escamosos pasaron por mi cuerpo, apenas rozando. De algunos, casi diría que se deleitaban con su metálico pero urticante roce, mucho más detenido en el tiempo y persistente en la intención. Con asombro, una extraña corriente me alejaba de la orilla opuesta, y esa pudo ser mi salvación temporal. Hube de entregar la linterna al limo acuoso y pardo, pues apenas podía respirar con ritmo, y además, la lejana luz azulada de aquella cripta me daba visión suficiente, aunque espectral, como la luz que se percibe en los sueños. Miré hacia atrás y parecía que mis perseguidores habían perdido mi rastro, al menos olfativo. Y con horror pude ver la probóscide del inmenso ser de los mugidos múltiples. Una especie de enorme crustáceo repleto de piel y púas, así como dotado de antenas y espiritrompas capaces de apresar a seres de mi tamaño a larga distancia. Y el lagarto fue su presa... Ahora entendía mi salvación momentánea. Los chillidos sumamente agudos se hicieron sentir con eco retumbante por toda la cripta. Nadé para favorecer la velocidad de la corriente. Quería dejar muy atrás al monstruo enorme. Hasta que finalmente ya sólo me dejé llevar. Lejos. Muy lejos.
La bóveda se hacía enorme, y el curso del agua se volvía cada vez más pronunciado. Iba, posiblemente en dirección hacia una salida al mar, puesto que Flattering Curse se alzaba a una altitud bastante grande, y estos cursos líquidos siempre buscan un mismo camino. No comprendía la naturaleza del limo, y menos aún la multitud de criaturas que a mi piel se adherían. Cuando fui capaz de pensar de nuevo, observé el modo en que una especie de medusas, extraplanas y gelatinosas, hacía trizas mi ropa y se cebaban con ansia a costa de la sustancia de mi piel. En cohabitación con ellas, se multiplicaban una especie de pulgones o chinches de agua, mucho más grandes de cuantos había visto antes. Cualquiera diría que mi viaje había sido un descenso a los tiempos primordiales, en los que la primera explosión de vida tuvo un aire impío y malsano. Esta exuberancia de formas repugnaba al intelecto, y la temperatura elevada y demás condiciones subterráneas malsanas parecían un insulto a la decencia en el más profundo sentido. El hombre nada tenía que ver con aquellos arcaísmos vivientes. Mi existencia allí era la de nadie en ninguna parte. Ni yo debía estar en aquel lugar, ni semejante mundo infestado debería haber existido jamás.
Tras muchos pasos angostos, y no exentos de peligro, pues se formaban rápidos y a veces los peñascales formaban mortíferas murallas, el torrente iba a parar a una boca ensanchada y gradualmente mansa. La luz, entre artificial y onírica, iba difuminándose y tuve mayor dificultad para ver. De vez en cuando, algún mordisco en la pierna me advertía que el cauce contaba con seres armados de manera terrible, pero ningún ataque parecía tener consecuencias fatales. Exhausto, ya a punto de dejarme vencer por la inconsciencia, pude ver un punto lejano de luz. En mi somnolencia incipiente imaginé que quizá podría tratarse de una estrella. Ridículo pensamiento el de creer que las mimas estrellas de los arcaicos eones se habían dejado atrapar entre los muros de la Madre Tierra. Pero ¿qué cosa dotada de sentido había en aquella enorme caverna de horrores? ¿Quién no se había detenido que no fuera el mismo Tiempo? En un esfuerzo titánico agucé la vista y vi que era Venus, presidiendo un cortejo de diminutas estrellas. La noche, el cielo se hacía sentir. Y un rumor, lejano todavía, era el presentimiento: nada te hace tan libre como la vista del mar. En el propio torrente que me liberaba, el limo se volvía más límpido y el sabor salado. Un grito, un maravilloso y familiar graznido, el de la gaviota, animal sagrado para mis recuerdos de infancia, me llenó al fin de alborozo. Todo en mí era dicha, y el corazón brincaba por pensar que la liberación estaba a punto de serme concedida. Los altos muros de la caverna se iban abriendo, y bandadas de gaviotas, garzas y cormoranes se aventuran en aquel pórtico de piedra tallado para gigantes. Y el sonido del mar. El bendito mar, con su cambiante telar y la fresca leche de su oleaje. La espuma y las nubes de gotas, en un nuevo y merecido bautismo de vida, me arrancaban de la locura y del abismo. Me había salvado. A poco, me agarré a una pequeña roca, ya en zona de playa, bajo la luz de las estrellas. A mis espaldas, la inmensa boca negra acababa de escupirme a la vida.
La razón, la daba por perdida. Pero ¿Y la vida? La vida... Todavía mis ojos creían ver a uno de aquellos seres salir de la cueva en pos mía. Ahora buscaba a mis semejantes, y anhelaba civilización. Caminé por aquella playa enorme. Las olas, en marea baja, rugían allá lejos con cierta furia. No tardé en divisar en una especie de refugio entre el roquedo, un pequeño embarcadero de madera. Una lancha sencilla de pescadores parecía que me hablaba del hombre normal y de la vida corriente.
Pero en eso estaba equivocado. Vi las letras: A.J.S.
Su propietario me aguardaba. Un viejo vestido ridículamente de marinero. Su pipa expulsaba un humo muy negro. Las grandes cejas y una nariz prominente coincidían con todos mis recuerdos extraídos de las fotografías conservadas. Adolphus J. Singer me aguardaba.
--¿Sorprendido, Sr...? Creo que después todo cuanto ya ha visto, Vd. necesita ciertas explicaciones.
Y entonces supe que mi aventura no había hecho sino comenzar.
Tyndalos
COMENTARIOS:

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#2
Maestro del Umbral: eres muy generoso en tus
alabanzas. Ojalá dispusiéramos todos de tiempo
y tranquilidad para contar historias cuidadas
y fluídas. Llegarán tiempos mejores. -
#1
¡Magistral relato maestro Tyndalos! Sin lugar a dudas uno de tus mejores cuentos. La prosa fluye impecable, sin dar un momento de respiro al lector. Las sensaciones, las descripciones... todo está cuidado al mínimo detalle. Se nota que has disfrutado escribiéndolo. La inspiración está aprovechada al máximo. Mi más sincera enhorabuena.

